LA CATASTRÓFICAA POLITICA DE LA CATÁSTROFE.

La enorme tragedia de Valencia y de algunos otros lugares, provocada por un fenómeno meteorológico extraordinario, trajo consigo, una enorme tragedia humana, con efectos inmediatos de muerte, incertidumbre, pérdida de pertenencias, destrucción del paisaje y de las infraestructuras, con el consiguiente oscurecimiento de un futuro, que se torna difícil por imprevisible.

Las imágenes, transmitidas en tiempo real, son bien elocuentes, como expresión de los efectos de lo sucedido. El riesgo de percibirlas como un espectáculo, por reiteradas y aparatosas es algo que está ahí y que deberíamos conjurar, para poder interiorizar con visión humanitaria, el sufrimiento de quienes resultaron involuntarios e incluso trágicos protagonistas.

Pero esta sociedad del espectáculo, necesita de esa inmediatez volátil y cambiante, que mantenga viva la pulsion ávida de lo permanentemente novedoso.

En este contexto y sin que resulte novedoso, el ejercicio del poder institucional, en su manifestación pública, se converte en “escaparate” inevitable de lo que sucede en lo cotidiano, pero amplificado y desmesurado, en consonancia con el tamaño de la tragedia.

Con esta actitud, se da la impresión de que la mas importante dimensión de una tragedia, no es su repercusión humana, sino los aspectos que guardan relación exclusiva con el ejercicio del poder. ¡Tragedia espectacular que difumina la tragedia real!

¿Quiere ello decir, que la gestión de la catástrofe ha de ser ajena a todo control político? En absoluto. Deberán analizarse todos y cada uno de los aspectos de la gestión pública de la crisis, con rigor y minuciosidad extremos, no solo para determinar las responsabilidades de cada quién, sino también para procurar en el futuro, mejorar la eficacia del servicio público que se debe a la ciudadanía.

Pero cada tarea, tiene su tiempo y todavía es el tiempo de la sensibilidad humanitaria, de la solidaridad, de la unidad en la acción y en los objetivos pero sobre todo de centrar la atención en quienes sufren y van a seguir sufriendo las consecuencias de un fenómeno natural que no por inevitable deja de requerir la intervención de la autoridad pública, para minimizar sus efectos.

Recuperar vidas salvables, facilitar la vida de los supervivientes, recuperar fallecidos para limitar el duelo, recuperar las infraestructuras vitales; esta debería ser la tarea prioritaria, cooperando, uniendo esfuerzos incluido el de coordinación y ofreciendo a la ciudadanía una imágen creible de que lo verdaderamente importante es la ciudadanía y los problemas que afligen y perturban profundamente a los ciudadanos.

Ya vendrá el tiempo de analizar con visión de conjunto, no solo la gestión de la crisis concreta, sinó las estrategias a medio y largo plazo, que de acuerdo con los datos científicos disponibles, permitan planificar mejor, buscar soluciones paliativas para lo consolidado y mejorar los protocolos y medidas para nuevas probables crisis, pero de momento, queda todavía un largo y doloroso camino, que requiere mas humanidad y menos oportunismo.

Queda recuperar todos los muertos posibles, garantizar la vida de los damnificados, recuperar unas infraestructuras gravemente dañadas, en definitiva, recuperar en los territorios afectados, la anhelada normalidad. Este es el lado humanitario, prioritario para una ciudadanía gravisimamente afectada, que debería serlo también para las autoridades e instituciones públicas.

¿Crítica y búsqueda de responsabilidades en la gestión? Naturalmente, tan profunda y rigurosa, como requiere la dimensión de la tragedia, pero tan alejada del espectáculo, como requiere el sosiego para que los resultados sean fiables y sus consecuencias efectivas.

En este momento, toda utilización espectacular de la tragedia, con acusaciones de trazo grueso e intenciones de baja estofa, representan un desprecio para los seres humanos y un ejemplo indigno de los que se dicien servidores públicos.

Me quedo con los múltiples ejemplos de solidaridad ciudadana y con la actuación abnegada de los diversos cuerpos de funcionarios públicos, que empeñan y comprometen su vida en las tareas humanitarias urgentes.

Lo otro, ya se que es predicar en el desierto, pero es lo que creo.

Jesús Penedo Pallas

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