Durante la posguerra y a lo largo de ese período conocido como guerra fría, Occidente acuñó con fortuna aquel término real pero no por ello menos propagandístico, para denominar al muro divisorio de la ciudad de Berlin, erigido por la potencia ocupante de la zona este, es decir la Unión Soviética. Se trataba del llamado “muro de la vergüenza”
Aquel muro, simbolizaba a la perfección el muro carcelario para los habitantes del este, que durante años hubieron de pagar un lamentable tributo en muertes, intentando superarlo para alcanzar el sueño del “paraíso occidental”.
El “paraíso occidental”, sigue siendo objeto del deseo, lamentablemente oscuro de ciudadanos del mundo que arriesgan y lamentablemente pierden la vida en el intento de superar la barrera a menudo infranqueable del mar Mediterráneo. Infranqueable porque sus escasos recursos, les empujan a intentar salvarlo con artefactos endebles, en condiciones de masificación y desafiando a menudo el propio principio de Arquímedes.
Durante las tres décadas que median entre 1950 y 1980, fueron construyéndose a impulsos, las instituciones europeas, cierto que siempre desde los intereses mercantiles, pero con la pervivencia de un anhelo alimentado por socialdemócratas y cristianos, de ser mas que un mercado, para convertirse en un espacio ciudadano con una alta inspiración humanista y por ello un indudable contenido social.
La revolución conservadora iniciada en los noventa, arrasó al menos aparentemente con aquellas ideas primigenias, cercenando cada intento de humanización latente en las sucesivas reformas de los tratados. El Consejo de Europa, otrora altavoz permanente del humanismo, está poco menos que desaparecido y quienes gobiernan de facto los designios de la actual UE, muestran tal indolencia ante los problemas humanitarios, que solo inspiran pavor y desolación.
Las costas italianas, griegas y españolas, las fronteras de Ceuta y Melilla o las Islas Canarias, los sucesos de luctuosos naufragios de Lampedusa, Malta o las costas de Libia, las lamentables y criminales cuchillas (concertinas) de la valla de Ceuta o las racistas e insensatas declaraciones de Ministros y fachotes varios, ora culpando a los inmigrantes de la delincuencia, la insostenibilidad del sistema sanitario o de la falta de trabajo para los nativos, no son mas que indicios encadenados de una situación límite que no es mas que la evidencia de la degradación de una Europa, en la que pareciese que la consigna es aniquilar cualquier atisbo de esperanza.
¿Dónde está la conciencia de humanistas y socialdemócratas creyentes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos?. ¿Dónde están los defensores de la libertad la igualdad y la justicia? ¿Sirven las instituciones europeas para algo mas que para pretender la protección de los intereses de las grandes corporaciones del euro, o para garantizar el buen funcionamiento del mercado alemán?
De aquel expresivo “muro de la vergüenza”, hoy la Europa de los 27, ha pasado a estar rodeada por un inmenso muro imaginario y transparente por muy inexpugnable que resulte para pobres y fugitivos de dictaduras de todo pelaje. Un muro que permite ver cuan miserables, indolentes e insensatos, pueden llegar a ser los dirigentes de un espacio supuestamente ilustrado y avanzado, preocupados únicamente por la competitividad comercial y por garantizar los beneficios de las corporaciones ya sean autóctonas o foráneas. Un muro en definitiva que permite evidenciar una enorme desvergüenza.
