Elisa…(Eli) – Ana Aller

imageTIEMPO DE CEREZAS

Elisa…(Eli)  Ana Aller *

“En recuerdo de todas las víctimas de la violencia y la barbarie machista”.

 No fue porque la ambulancia hubiese llegado con algo de retraso, que no fue así y por una vez llegó casi de inmediato, ni tampoco porque la Policía no hubiera atendido la llamada, que la atendió con diligencia inusual. Fue porque, aunque estaba anunciado y era sabido, nadie había hecho lo bastante para protegerla e impedir que su asesino, el mismo hombre al que durante años ella había entregado su amor, le descerrajara en el vientre varios tiros de escopeta, quién sabe si por debajo o por encima de veinte, justo antes de introducirse el cañón en la boca y esparcir su miserable encéfalo por el dormitorio, salpicándolo todo de podredumbre, y contaminando el cuerpo muerto de ella.

Sobre la acera de la calle, frente al portal del edificio de ladrillo visto, se agolpó el vecindario, el curioseo, el que pasaba por allí. No todos los días suena una escopeta, ni se ve a la Policía acordonar, ni a las ambulancias sacar la mortaja. Los disparos provenían de aquella vivienda que el vecindario prefería, o había elegido ignorar, a la que visitaban, durante los últimos meses, todo tipo de amenazas, gritos y un amplio catálogo de los más denigrantes calificativos, que también eran para ellos.

 En la calle se distinguían señoras –con batas de boatiné y zapatillas–, chicas –en vaqueros, sin desmaquillar, aquel viernes ya muy avanzada la noche–, incluso niños –se refugiaban en los brazos de sus madres, o tal vez eran las madres quienes se protegían–, también hombres –vestidos deprisa, mal vestidos, sin saber qué decir, ojerosos y bostezantes. Formaban corrillos y versionaban lo ocurrido, sobre todo ellas, también ellos. No disponían de más información, como si hiciera falta, ellos y ellas que escucharon los disparos. Algunas mujeres lloraban y repetían lugares comunes, esto se veía venir, el fulano incumplía la orden de alejamiento, la amenazaba cada dos por tres, la insultaba, suponemos que era acoso y humillación, sí, también humillación, hasta que algún vecino amenazaba desde una ventana cercana con llamar a la policía y él se esfumaba. Estaba visto, anunciado, cantado, como suele decirse, que más temprano que tarde ella sería un número más, una mera estadística, el mismo código de ira y odio, cobardía y machismo iracundo y odioso y cobarde. También era parte de la peste. Esa peste que barría del mapa a tantas, siempre demasiadas.

Los policías preguntaban y aquellas gentes no sabían decirles cómo se llamaba la víctima. Desconocían quién era, su vida, y sin embargo estaban muy familiarizados con lo que vivía. Había llegado al barrio hacía menos de un año y apenas se dejaba ver. Salía por la mañana, temprano, y volvía al atardecer. Solía parar, eso sí, en el supermercado.

Cuando la Policía se escopeteó escaleras arriba hacia la vivienda encontraron a una mujer en el rellano, recostada en el suelo, enroscada en ella misma, alterada entre mares de sal e impotencia y rabia. Repetía y gritaba un nombre, Eli, Eli, Eliii, Eeeeeeliiiiiii, y el chillido intenso se parecía al de las gaviotas que buscan alimento para sus crías. Trataron de calmarla, pero a aquella mujer, que frisaba los cuarenta, le pesaba la vida, esa vida que también le habían arrancado, y le dolían hasta las vísceras, eso que dicen que nunca duele. Los sanitarios la atendieron, la mimaron, la drogaron, y al cabo de un buen rato dejó de tronzarse como un junco golpeado por el temporal y halló serenidad suficiente. Me llamo Esther, balbució, y Elisa es, era mi amiga. Habían intimado como intiman las mujeres que han atravesado los mismos caminos, tropezado con idénticas piedras, sangrado por las mismas llagas. Se lo contaban todo, incluso la culpa, esa que brota en el alma de las mujeres maltratadas y maltrechas, y sonreían y lloraban juntas cuando veían Memorias de África o Titanic, a uno y otro lado del rellano. Ambas habían adquirido un boleto equivocado en la tómbola del pueblo vecino, en una noche de fiesta y verano, una noche de diversión, aquella noche en la que creyeron a pies juntillas que esos tipos serían el amor de sus vidas. El boleto resultó ser una mandíbula de cristal, no la esplendorosa cola de pavo real que imaginaron. Dos mujeres del Cuerpo acompañaron a Esther para ofrecerle atención médica y psicológica. Arriba yacía Elisa, Eli, a la espera de que un juez levantase lo que ya no quedaba de ella.

Relató Esther a los inspectores el suplicio por el que había pasado Eli cuando, dos años antes, denunció a Paco por malos tratos y solicitó el divorcio. Diez años de matrimonio, una hija, ocho años de edad. Alba dormía esa noche en casa de los abuelos maternos, y ¡gracias a Dios!, dijo Esther, si no ella también estaría muertita, la pobre, sollozó, ya la ha dejado huérfana el malnacido ese, con lo que necesita esa niña a su madre. Y al escucharse regresaba al llanto y a la angustia. Recordó, como se recuerda lo que no se olvida, la noche que Paco llegó borracho como una cuba a casa y, estando Eli febril, la sacó de la cama a empellones, al vivo grito de zorra, puta, hija de puta que te voy a matar, y arrastrándola la llevó al hueco de la escalera. Paco, que era un armario, agarró a Eli por los pies, menuda como una alondra, y la puso boca abajo para enseñarle, desde el tercer piso, el vacío que ella ya conocía.

             Al día siguiente le llevó un ramo de flores y una mirada implorando perdón. Pero Eli no            quiso saber nada más de flores, sitequieros y perdones y se mudó a otro barrio. Antes             interpuso una denuncia y obtuvo una orden de alejamiento. Él la encontró, porque de la        orden de alejamiento nunca se obtiene el distanciamiento. Aquel chico que le tocó en una          tómbola una noche de fiesta, del que ella se enamoró y que prometió adorarla, se cubría la      cabeza y el cuello con un verdugo para acabar ejerciendo de tal.

 No murió porque una ambulancia no llegara a tiempo, ni porque la Policía se retrasase unos minutos. O tal vez sí…

 Lo que sí es seguro es que murió asesinada de varios tiros por quien no debería haber estado nunca tan cerca de ella.

* Pseudónimo de Alicia Lago 

Acerca de Contraposición

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