Ferrol: decadencia con matices – Germán Castro Tomé

Máis euFerrol: decadencia con matices

Germán Castro Tomé

Ferrol es una ciudad decadente no solo por los efectos de una larga depresión económica cuyos inicios se remontan a los años ochenta, cuando el Gobierno de Felipe González ofrece como sacrificio a la UE los astilleros de la ría ferrolana, sino también por la incapacidad de sus gestores políticos en solucionar situaciones que contribuyen a dar esa imagen que, no sin cierta predisposición al tremendismo, vienen a buscar periodistas o jóvenes estudiantes que realizan trabajos de fin de carrera o similares.

Entrar en Ferrol y tirar unas fotos a los bajos comerciales cerrados en la calle Galiano, por ejemplo, y continuar a Ferrol Vello para retratar un barrio de tanto encanto original convertido en un reducto urbano ruinoso no cabe duda de que es un recurso fácil para transmitir esa idea de una paradigmática decadencia.

En los años 70 escribía un servidor la crónica “El llanto va por barrios”  en el desaparecido Ferrol Diario y ya entonces Ferrol Vello estaba abandonado de la mano de Dios y se quejaban sus vecinos de que el problema se arrastraba de muchos años atrás. Hemos atravesado por etapas boyantes, en las que corría el dinero, autóctono, con los dos astilleros en plena ocupación, y el que llegaba a manos llenas de Europa, y de este barrio nadie quiso ocuparse. Hoy recibimos cada vez a un mayor número de cruceristas y mejor es que no se adentren por las angostas y deprimentes calles del Muelle, porque a la próxima visita no vuelven a bajar del trasatlántico. Hay pendiente una rehabilitación que parece venir a lomos de un cangrejo.

Casi se podría decir lo mismo del barrio de la Magdalena, aunque el estado no es comparable a Ferrol Vello. De nuevo estamos ante la incapacidad manifiesta de los gestores locales y de la administración autonómica para planificar una rehabilitación que combinara la conservación de la tipología de las fachadas con la posibilidad de sumar o unir parcelas para poder ampliar y modernizar espacios de negocios. La rigidez de la norma ha obligado a que algunos comerciantes se trasladasen a la periferia del casco histórico y otros hayan cerrado.

Miremos al ejemplo de Pontevedra. Esta ciudad tiene hoy un centro histórico que sin dejar de preservar las señas de identidad urbanísticas lo han convertido en un espacio habitable, con extraordinario atractivo. Bien, pues en Ferrol el “proverbial” abandono lo que provocó fue la desertización del centro urbano. Es verdad que también ha influido en la merma de su actividad comercial la gran superficie que lleva más de 30 años en A Gándara, pero este factor no lo considero absolutamente determinante ni el único. El caso es que hoy el barrio de la Magdalena, joya urbanística del siglo XVIII, no vende y poco a poco se va quedando vacío.

¿Por qué esta escasa operatividad de los políticos ferrolanos? Habrá que buscarla en la propia invertebración de una sociedad que parece haber dejado su poderío en la clandestinidad del tardofranquismo, que desde el advenimiento de la democracia, lo mismo bascula a la derecha, que a la izquierda, y que, en definitiva, no ha conseguido que se le respete en los centros de poder, gobierne quien gobierne. Recordaré al efecto, que el anterior alcalde, hoy conselleiro, Rey Varela, del PP, cansado de que su gestión no fructificara en Madrid, ante la presión social nacida de la falta de trabajo en los astilleros, no encontró más opción que, en noviembre de 2013, acompañado de doscientas personas vinculadas a los “populares”, acudir a la capital de España a protestar públicamente ante la sede de la SEPI, siendo que la gestión del ente depende precisamente del PP. Inaudito y paradójico.

¿Qué habría sucedido si estos dos asuntos, barrios de la Magdalena y Ferrol Vello, pendientes de rehabilitar desde los tiempos de Maricastaña, hubieran sido gestionados debidamente por los políticos ferrolanos? Pues que esa imagen de decadencia homologable con fenómenos ocurridos en ciudades como Detroit, o llevada a una canción de un conocido grupo pop que dice que en Ferrol perder es lo normal, hubiera tenido cuando menos otra cara. Hablaríamos de crisis -España es un país en crisis- más que de decadencia.

Por lo demás, la historia de Ferrol está jalonada de sucesivas decadencias o crisis ,  desde que fueron creados los astilleros. La Armada pedía barcos y Ferrol conocía una etapa de bonanza, la Armada suspendía pedidos y Ferrol caía en la depresión económica. Es cierto que esta es la más larga crisis de los siglos XX y lo que va del XXI. No podía ser de otra manera con la vieja Astano condenada al ostracismo desde hace tres décadas y la antigua Bazán, que también llegó a desarrollar actividad para la Marina Civil, limitada a las construcciones navales militares.  Sucede que a las restricciones impuestas por la UE hay que sumar los efectos de la crisis reciente de la burbuja inmobiliaria, además del desmantelamiento militar que también produjo efectos negativos en la economía local. El resultado que nos aporta todo esto es que Ferrol es la ciudad de Galicia de mayor índice de paro y ha perdido desde el año 1981 unos 20.000 habitantes. Pasó de ser la segunda a tercera ciudad de Galicia y más tarde a la séptima. Durante los años 60 y 70 del desarrollismo los niveles de renta casi doblaban la media de Galicia.

Ahora bien, no todo es negro en el retrato que hay que hacer de Ferrol. Existe un embrión de diversificación industrial, que debe ser la alternativa a seguir para liberarse del cautiverio de la construcción naval. Pondré unos ejemplos: Inditex (Textil), Megasa (siderurgia) Forestal del Atlántico (químicas) , Endesa (energéticas), Saequarz (piedra artificial), Poligal (plástico), Gamesa (eólicas), Quegalsa (lácteos)…

Durante las tres décadas de la crisis concluyeron las obras de la AP-9, fue construida la autovía Ferrol-Vilalba que conecta con la Transcantábrica, carretera al puerto exterior, Acceso Norte y se llevó a cabo la obra del puerto de Caneliñas, obra de gran magnitud después de la construcción de los arsenales. Añadiré que Ferrol que, obviamente, es una ciudad envejecida, tiene una capa social de jubilados que poseen unas pensiones dignas, superiores a la media de la comunidad gallega, registra unos índices de delincuencia tradicionalmente bajísimos, aunque en los últimos meses han experimentado un incremento notable, apenas hay mendicidad por las calles funcionando muy satisfactoriamente centros de asistencia, entre ellos la centenaria Cocina Económica.

En suma, decadente sí, pero sin exagerar la nota.

 

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