MONSEÑOR ROMERO, CONCIENCIA CRÍTICA.-Juan José Tamayo*

El domingo 23 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romeropronunció una dramática homilía en la catedral de la capital de El Salvador. Estas fueron sus palabras: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y en concreto a las bases de la Guardia nacional, de la Policía, de los cuarteles. ¡Hermanos! ¡Son de nuestro pueblo! ¡Matan a sus mismos hermanos campesinos!… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios… En nombre de Diospues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!

Fue su última homilía. Con ella monseñor Romero había firmado su sentencia de muerte. Los jefes militares interpretaron sus palabras como una llamada a los soldados a la desobediencia y a la insumisión y prometieron vengarse. Y la venganza no tardó en llegar. El 24 de marzo, a las seis y veinte de la tarde, monseñor Romero era asesinado por un francotirador a las órdenes del mayor Roberto D’ Abuisson, cuando celebraba la eucaristía en la capilla del hospital de la Divina Providencia.

Mientras esto sucedía, Estados Unidos apoyaba con ingentes sumas de dólares al Gobierno salvadoreño y a su Ejército, en alianza con la oligarquía, para atentar contra la ciudadanía indefensa y terminar con la Iglesia de los pobres. Durante esos años la Iglesia salvadoreña sufrió una sangrienta represión, que costó la vida a numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas, líderes de comunidades, catequistas, al grito de “Haga patria. Mate a un cura”. Mientras tanto, buena parte de la jerarquía y del clero salvadoreños guardó un silencio cómplice. Peor, aún, algunos de los compañeros de Romero en el episcopado lo acusaron de subversivo.

Mientras esto sucedía, Estados Unidos apoyaba con ingentes sumas de dólares al Gobierno salvadoreño y a su Ejército, en alianza con la oligarquía, para atentar contra la ciudadanía indefensa y terminar con la Iglesia de los pobres. Durante esos años la Iglesia salvadoreña sufrió una sangrienta represión, que costó la vida a numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas, líderes de comunidades, catequistas, al grito de “Haga patria. Mate a un cura”. Mientras tanto, buena parte de la jerarquía y del clero salvadoreños guardó un silencio cómplice. Peor, aún, algunos de los compañeros de Romero en el episcopado lo acusaron de subversivo.

Tras su asesinato, se produjo un largo silencio sobre monseñor Romero en la Iglesia institucional salvadoreña y en el Vaticano, que contrastaba con el reconocimiento de su compromiso con los pobres y de su santidad martirial por parte de los sectores populares, las comunidades de base y la teología de la liberación. Pedro Casaldàliga se hizo eco de ese sentir en un bellísimo poema titulado ‘San Romero de América, Pastor y Mártir‘: “¡Pobre pastor glorioso, /asesinado a sueldo, / a dólar,/a divisa, / como Jesús, por orden del Imperio./Pobre pastor glorioso,/ abandonado/ por tus propios hermanos de báculo y de Mesa…!/ San Romero de américa,/ Pastor y Mártir nuestro:/nadie podrá callar/ tu última homilía”.

Sensible a ese sentimiento, Francisco, recién elegido Papa, activó el proceso de beatificación de monseñor Romero. Coincidiendo con el quinto aniversario de su elección papal, ha anunciado su próxima canonización. Este puede ser un momento oportuno para su reconocimiento no como santo milagrero, sino como referente de un cristianismo liberador, ejemplo de ciudadanía activa, conciencia crítica del poder, pedagogo popular, activista de los derechos humanos y comprometido en la lucha por la justicia desde la no violencia activa.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de la Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, 2017). 

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