LA PRINCESA…María Purificación Nogueira Domínguez

Érase una vez, en algún lugar, en algún tiempo… Ella era una joven hermosa e inteligente dotada de una proletaria candidez, cuyos antepasados y progenitores, de clase trabajadora, le enseñaron a desfilar en el sindicato obrero… desde su primera menstruación.

Él era un hermoso ejemplar de “señorito”… cuyo único mérito había sido instalarse cómodamente en el ADN de sus ricos y nobles antepasados y progenitores, que le enseñaron a ser príncipe… desde el momento de su concepción.

Un día… el príncipe fijó sus nobles pupilas azules en las pupilas rojas de ella… y se enamoró. Él la llevó de la mano a su palacio, le enseñó los retratos de sus nobles antepasados… y ella sonrió, escondió su carnet del sindicato obrero en los bolsillos de sus vaqueros… y se acomodó. Borró de sus archivos cualquier rastro de humildad y sencillez, dejó de ser una joven de marca blanca, escupió en su carnet de la UGT, y se convirtió en una déspota y endiosada… princesa low cost.

Y… aunque el príncipe intentó ponerle los zapatos de cristal, no lo consiguió, pues ella tenía los pies muy pequeños… y con sus zapatos rojos se quedó. Y cuando quiso ceñir la corona a su cabeza… ésta se cayó. La princesa se enfadó… se enfadó. Y a pesar de tratar de cambiar su aspecto… siguió siendo una princesa low cost.

Y por más que intentó llegar a ser reina… no dejó de ser un borrón de tinta china en una gorda de Botero. Un payaso sin sonrisa. Una mancha de café en un vestido de Chanel. Polvos de talco en la nariz de Beyoncé. Una pobre meretriz sin esquina, en el Madrid de Sabina. Una sombra sin barniz. Una nariz sin pegar. Una mujer sin perfil. Un Platero sin Juan Ramón. Una onanista impresionista en un boceto de Dalí. Aquella reina… no era ni la musa de Rivera, ni la rosa de Dior. Era tan extraña como el olor a jazmín en la ropa interior de Jack el Destripador. Tan indiscreta como Wally en un óleo de Van Gogh. Era como una aspirina en el Cielo, como un ángel en la ciudad de New York, y un cameo de un obispo en un entierro ateo.

No se puede ser Noble… si has renunciado a tu natural nobleza. Y una mujer noble y digna… es una reina, incluso con alpargatas.

Y colorín… en este cuento no hay zapato de cristal sino … colorado. Y el Pueblo, que no es daltónico y de distinguir matices nobles está harto, se mofó de la princesa… que renunció a sus raíces… y a sus propios colores.

( Y yo… que soy de pluma proletaria…¡Lo mucho que me alegro, oiga!)

Copyright- María Purificación Nogueira Domínguez

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