EL INFAUSTO AROMA DE LA DECEPCIÓN.  Dalia Koira Cornide*

 

“La violencia es el miedo
 a las ideas de los demás…
Lo que se obtiene con violencia,
solamente se puede mantener con violencia
  1. Gandhi
“La intolerancia de los ateos fanáticos
es análoga a la de los fanáticos religiosos
y tienen el mismo origen”

Albert Einstein

 

No es nuevo el infausto aroma de la decepción.

No son circunstancias nuevas ni la decepción ni el desencanto  ni enarbolar la bandera de la libertad cuando la soberbia y la intolerancia sobrepasan los límites de la equidad.  No es nuevo que la violencia genere miedo y que los fantasmas del fanatismo  provoquen la dehiscencia de  heridas nunca epitelizadas  del todo.  Creer superados los escollos  ideológicos es tan utópico como esperar que los olmos produzcan peras.

De repente se tensó el arco y se lanzó la flecha… como si surgiera del averno el llameante dardo del odio, que adormecido en las entrañas, despierta con furia incontrolada y sin titubeo comienza la ofensa… no sabiendo si se trataba de una errónea interpretación o simplemente  el manifiesto del odio… ese indómito ente que ignora el diálogo, la tolerancia, el respeto… y se mimetiza en libertador,  al amparo de los vocablos de justicia, paz, solidaridad… Sería de respetar —NO DE COMPARTIR— si la bandera en la que se envuelven no fuera un símbolo de libertad para muchos que perdieron la vida en una absurda contienda sin sentido —ninguna guerra lo tiene—, para los que  sufrieron represión, persecución y muerte  por sus ideas o por sus NO creencias… y para todos aquellos que prevalecen dispersos en algún lugar anónimo del solar hispano.

Y el recuerdo de una época —momentos difíciles para la libertad— y unas palabras símbolos inequívocos de la intolerancia: “Quien no piense como yo, es mi enemigo”. En una fracción de segundo se pasa de la admiración a la decepción… ¡Qué infausta la fragancia del azufre! Es como la acidez  que ulcera todo un bagaje de ideales y, de repente,  se derrumba  como un castillo de naipes en apenas segundos.

¿Es la decepción un sentimiento de derrota? No lo sé. O sí lo sé.  Es un sabor amargo que genera un mal sentimiento, es una acritud que ahueca las vísceras, es una impotencia que devora las entrañas… cuando creías que la fase del rencor estaba superada… y,  súbitamente, te das cuenta que no, que está ahí y despierta del letargo con la ferocidad de leona mal herida. ¡Se frustró el milagro! ¡Oh… milagro! Y en la mente la eterna pregunta: ¿Por qué pervive tan tenazmente el odio? Un sentimiento de profunda aversión, exclusivo del ser humano,  cuyas raíces se remontan a nuestros orígenes y no por ello es justificable desde el punto de vista de la razón.

Filósofos, juristas, psicólogos, neurólogos… han dejado sus opiniones y definiciones. Aristóteles,  (siglo IV a. de C.), afirmaba que era un deseo de aniquilación incurable en el tiempo; para David Hume, (siglo XVIII), es un sentimiento no definible, que rompe el equilibrio armónico y  es destructivo.

Hobbes repetía a Plauto (s. III-II a. de C. – Asinaria), con la locución que  se hizo universal en el siglo XVII,  “Homo homini lupus”, (El hombre es lobo para el hombre),  en su El Leviatán para constatar  de los horrores  que el hombre es capaz de llevar a cabo contra su propia especie.

Rousseau, en el siglo XVIII, en El Emilio o de la educación, hace un planteamiento inverso: la bondad natural del hombre o lo que es lo mismo, el hombre es bueno por naturaleza… Si Rousseau estuviese en lo cierto y Hobbes no tuviera razón, como explicamos el ‘Holocausto español’,  la Rusia de Stalin,  la Alemania de Hitler…, y otros  miles de conflictos bélicos que desolaron el mundo…,  masacraron  a la población y en la actualidad están provocando el mayor éxodo sufrido por la humanidad.

¿Es el odio un rasgo inherente del hombre… una esencia de su naturaleza?

Frecuentemente justificamos el odio entre los pueblos por la ignorancia y es entendible —no justificable— si tenemos en cuenta que el ser humano es incapaz —en su razonar— de llegar a conclusiones  concretas de opiniones complejas lo cual le hace vulnerable; lo que nunca se puede justificar es que el ‘creador de opinión’ manipule su mente para enraizar el odio entre los pueblos, circunstancia difícil de comprender, pero tan en vigor hoy en día,  como lo estaban en la época Diluviana o cuando las hordas bárbaras  asolaban el solar de Europa.

Amplio y variado es el contexto donde  se sembró la simiente de Caín  que va de lo individual a grupos específicos, a etnias, a pueblos… Para encontrar su origen tendríamos que viajar en el tiempo a los albores de la humanidad y hallaríamos  una historia escrita en tortuosos caminos  trazados con sangre y pavimentados de cadáveres.

Nada puede justificar ni tolerar todo aquello que incite ese impulso ciego y arrollador que generó —y genera— una gran fuerza destructiva, venga de donde venga y quienes quieran que lo ejerzan.

El odio y la intolerancia van de la mano y los sujetos acreedores de tan nefastos ‘valores’ tienen como  condición prioritaria malinterpretar, distorsionar o tergiversar todo aquello que no esté en su línea de pensamiento.

Siempre me he preguntado: ¿Qué genera el odio entre los pueblos? Se odia por ideología, por creencia, se odia a los ricos, se desprecia a los pobres, se destruye la cultura… se menosprecia la convivencia, se alimenta el conflicto…

El odio no deja escuchar el llanto de los muertos cuyo lamento es fagocitado por el discurso gratuito de la intolerancia… y la historia siempre acaba escribiéndose con sangre de inocentes.

Es entendible la fascinación por las artes,  no lo es —al menos para mí— el éxtasis que conduce a la obediencia ciega, espectro patético de la alienación…

*Dalia Koira Cornide es Licenciada en Pedagogía

 

Acerca de Contraposición

Un Foro de Estudios Políticos (FEP) que aspira a centrar el debate sobre los diversos temas que afectan a la sociedad desde la transversalidad, la tolerancia, la libertad de expresión y opinión. Desvinculado de corrientes políticas o ideologías organizadas, pero abierto a todas en general, desde su vocación de Librepensamiento, solo fija como límite de expresión, el respeto a las personas y a la convivencia democrática. El FEP se siente vinculado a los valores republicanos, laicos y civilistas como base de una sociedad de librepensadores sólidamente enraizada en los principios de Libertad, Igualdad, Fraternidad.
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