O Merkel acepta que no puede imponer austeridad a los ciudadanos de Europa o no habrá euro – Manuel Castells

Manuel Castells

La austeridad no es una necesidad, sino política envuelta en ideología de ordeno y mando. Estaba impuesta por el irresistible Merkozy, becerro de chatarra ante quien se postraron Zapatero y Rajoy. Liquidado Ozy, Merk se aferra a no sé qué y se permite permitirle al presidente electo de Francia poner “un acento” en el intocable tratado de austeridad. La Comisión Europea dice que no cambia nada. El BCE erre que erre. Cameron reafirma la bondad de un tratado que no firmó. Rajoy aprovecha para lograr un plazo de Bruselas para cuadrar presupuesto declarándose a favor de todo sin comprometerse a nada. Mientras interviene la Bankia de sus rivales Rato y Aguirre desvelando fisuras de un sistema bancario en situación dudosa pese a las continuas (in)seguridades que asevera el inefable gobernador del Banco de Espada. Menos mal que tenemos un Tribunal Supremo por encima de toda sospecha.

Se afanan políticos, expertos y medios en calmar temores sobre la euro-zona (que se lo cuenten a las bolsas mundiales) sosteniendo que Alemania y Francia se tendrán que entender porque sólo siendo razonables se mantiene el sistema, sin rupturas traumáticas. Se adelanta la cumbre europea para inventar el crecimiento austero. Que todo cambie para que todo siga igual. Pero hay un pequeño olvido en ese esquema de realpolitik: los ciudadanos europeos. Mientras los políticos usan su descontento para desmontarse los unos a los otros, los franceses propulsan a un socialista a la presidencia por primera vez en 24 años, con apoyo indispensable de la izquierda, mientras Le Pen liquida a Sarkozy para proyectarse en un gobierno de extrema derecha; los holandeses se aprestan a nuevas elecciones porque los xenófobos quieren más poder; Merkel apenas tiene un 38% de apoyo electoral, mientras piratas y verdes descabalgan coaliciones de centroderecha en los parlamentos regionales; los conservadores pierden las municipales en el Reino (des)Unido (por lo de Escocia); las municipales parciales en Italia hunden a las mesnadas berlusconianas y norteligadas, mientras sube el Partido Democrático, los antimafia conquistan Palermo y las Cinco Estrellas del movimentista Beppe Grillo quintuplican votos y lideran Parma y Génova, entre otras. Antipolítica, dice Monti, honesto y apolítico tecnócrata que confunde la política podrida de La Casta con la nueva política ciudadana. Los ciudadanos emiten su veredicto, a menudo contradictorio, una vez vivido el contenido de la austeridad.


En España, con elecciones recientes, el Gobierno pierde popularidad por momentos y si el PSOE apenas remonta es porque la gente recuerda que fue él quien constitucionalizó la austeridad al dictado de Merkel. Es evidente que, según formas propias a cada país, los ciudadanos han tomado la palabra, a veces apoyando a la izquierda, otras a la extrema derecha, en algunos casos reivindicando nuevas formas de política y cada vez más expresándose en la red, en calles y plazas porque el corsé de la democracia condicionada ya no se aguanta. En unos días ha cambiado el clima político en Europa y la inevitable austeridad se ha convertido en una palabrota que hay que diluir en un mejunje pro crecimiento que nadie entiende porque sin inversión no hay crecimiento y, para que haya inversión, tiene que haber demanda previa que sólo puede generar el gasto público (de dónde sale es cuestión de otro artículo, lo prometo). De nuevo se plantea la cuestión de quién sirve a quién: ¿el euro a Europa o Europa al euro? Y es probable que la respuesta a esta pregunta se esté fraguando en el eslabón débil de la fragilizada UE: Grecia.


En Grecia, el 66% de los ciudadanos ha dicho no a las políticas de austeridad aceptadas por su gobierno bajo chantaje y amenazas de la Merkel, incluida la sugerencia, retirada ante el escándalo que causó, de nombrar un procónsul germano para fiscalizar el presupuesto griego. Sabemos los datos. Los socialistas del Pasok se han deshonrado aceptando cualquier cosa para seguir en el poder. Los conservadores también han caído en picado, aunque la inicua ley electoral los reflota en escaños, aunque no suficiente para gobernar ni siquiera en contubernio con los socialistas. El segundo partido es ahora Syriza, surgido de los antiguos eurocomunistas aliados con una parte del movimiento y en el que ser anarquista no es un estigma. Su carismático líder,Tsipras, aporta un rostro a una coalición unida en su rechazo a la austeridad, aunque no al euro con condiciones. Los comunistas pata negra siguen donde estaban: en el mausoleo de Lenin. Pero con más votos que esos neonazis de los que todo el mundo habla. ¿Conspiración mediática? ¿Es sólo porque es más escabroso hablar de criminales (muchos de los candidatos nazi son expresos) que reinvidican el holocausto que de un movimiento en busca de nueva política? ¿O es que interesa asimilar en un mismo pelaje siniestro a todos los que se oponen a la austeridad necesaria y a una democracia atada y bien atada? En todo caso, ni siquiera con una alianza con los Griegos Independientes y grupúsculos extremistas pueden llegar al Gobierno. A menos que creen las condiciones para un golpe militar. Improbable, pero no impensable. Queda Izquierda Democrática, más asequible para un pacto fiscal atenuado. Puede aportar los 2 diputados que faltan a la coalición de centroderecha. Y si no, elecciones en cinco semanas. Con Syriza intentando ser primer partido y recibir la prima de escaños que le permitiría gobernar en coalición. Oponiéndose al pacto fiscal. Aunque el chantaje puede dar un gobierno opuesto al sentir profundo de los griegos. El banco Citi evalúa ahora en un 75% la posibilidad de que Grecia salga (la echen) del euro. Si eso sucede, los mercados harán el resto.


O Merkel acepta que no puede imponer austeridad a los ciudadanos de Europa o no habrá euro. Afortunadamente, le quedan sólo unos meses de vida política. Pero puede morir matando. Se acabó la austeridad en la mente de los ciudadanos. El resto es cuestión de tiempo. Y de sufrimiento inútil.

Publicado en La Vanguardia 16/92011

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Cataluña, opciones – Isidoro Gracia Plaza

Un número importante de españoles nacidos o residentes en Cataluña se ha manifestado a favor de cambiar su situación de ciudadanos, llegando muchos de ellos a plantear un estado catalán fuera del estado español. Dejando aparte que los términos en que se ha planteado el tema contradicen no solo la legalidad española sino la de la UE, desde mi perspectiva de ciudadano que, como otros muchos creemos que las banderas, escudos, signos y demás simbología son respetables, si sirven para unir voluntades y forjar convivencia, y absolutamente prescindible si se utilizan para la división y el enfrentamiento,  y desde el respeto a la identidad, siempre subjetiva, de los que no piensan igual, quiero manifestar que mi voluntad es oponerme a lo que considero un grave error, que perjudicaría a los catalanes, al resto de españoles y al conjunto de los ciudadanos europeos.

Manifiesto mi oposición al menos con el mismo derecho que los proponentes, lo hago desde la seguridad que mi posición viene mejor avalada por la historia conocida, y que mis intereses y los de mis vecinos más próximos serán mejor defendidos, en el  presente y en el futuro, cuanto mayor sea el grado de unidad e integración. Anuncio que haré valer mis derechos democráticos, tan democráticos al menos como los de aquellos a los que me opongo, a tomar parte en las decisiones que afecten a Cataluña, si estas tienen repercusión en los proyectos comunes, como los de una España y una Europa solidarias, y que apoyaré llegar siempre un paso legal más allá que el que propongan los independentistas.


Es decir, planteo mi opción integradora frente a la desintegradora, en igualdad de derechos democráticos, frente a una voluntad, que considero minoritaria, basada en la exigencia de privilegios porqué se es más rico y en consecuencia hay que aportar más, una voluntad, que estoy seguro, es mayoritaria en cuanto a exigencia de los compromisos adquiridos, voluntariamente, desde la legalidad.


El actual marco democrático establece  que: “….reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas” (atr.2 de la Constitución) y también: “Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras Leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.(art. 155.1)


Con lo cual la posible opción del Gobierno del Estado solo será fruto de su voluntad política. Además, así el Senado concretará esa utilidad que algunos cuestionan.


Pero que quede claro lo que es argumento principal, la opción de los que manifestaron una voluntad separatista choca con otra voluntad, tan firme o más, de los que no queremos que se vayan y somos muy mayoritarios. Y en democracia la voluntad mayoritaria es decisiva.

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O benestar depende agora do crecemento – José Luis Gómez

José Luis Gómez

O Tribunal Constitucional de Alemaña deu luz verde á participación do seu país no Mecanismo Europeo de Estabilidade (MEDE). A eurozona parece, ao fin, decidirse por evitar tantas diferenzas nos tipos de interese que pagan os seus estados membros por colocar a súa débeda pública, coa consecuente repercusión na economía privada. Para España trátase dunha corrección imprescindible, xa que entre os gastos da débeda e a cobertura do desemprego consome practicamente o que recada por IVE, o cal impide facer apostas investidoras que contribúan a dinamizar o investimento, o crecemento e o emprego. Se se cumpren os bos propósitos de Angela Merkel e Mario Draghi, que dan feito que non haberá marcha atrás no euro e apoian as reformas do Goberno de Rajoy, España poderá saír adiante. Con axuda europea, obviamente. E con rescate.

De momento, os mercados están reaccionando de xeito favorable, por iso é polo que a prima de risco rebaixouse considerablemente, aínda que con marxe para seguir caendo. Cal é a clave? En principio, todo pasa pola compra de bonos por parte do Banco Central Europeo, a cambio de pedir antes un rescate con condicións estritas. Dito doutro xeito, se España fai mellor os deberes e amplía un pouco os sacrificios -máis, aínda?-, o fondo de rescate asumiría novas emisións de débeda de forma limitada e o BCE compraría débeda no mercado secundario, se fixese falta de xeito ilimitado. A verdade é que ten a súa importancia negociar esas estritas condicións das que fala Mario Draghi, sen necesidade de aplicalas antes das eleccións galegas, onde Mariano Rajoy xógase media vida, baixo presión do á dereitista do seu partido. Toca, pois, pensar nun segundo rescate, que no fondo non será moi distinto do rescate do sistema bancario. Son tempos de impostos máis altos e salarios máis baixos con moito desemprego, polo menos durante uns anos. Xa veremos cantos, pero é evidente que o horizonte da crise de 2008 amplíase, poida que ata completar un ciclo de polo menos dez anos. De momento, o único certo é que a diverxencia en tipos de interese da zona euro beneficia a Alemaña e que unha situación así non é propia dunha unión monetaria.

Que se bota de menos? Entre outras cousas, que haxa incentivos fiscais ás empresas, para que estas poidan abrirse paso máis facilmente no exterior, de modo que ese proceso termine por tirar do emprego. A estas alturas, o Goberno debería haber interiorizado que a España se lle aplicou unha austeridade que non deu os resultados previstos. Nin por Madrid nin por Bruxelas.

O esencial non cambiou, aínda que baixe un pouco a prima de risco. Porque o que necesita España é traballar máis a mellores prezos para poder exportar máis, recuperar a economía e, dese modo, aumentar o emprego. A realidade é ben distinta: coa economía en recesión destrúese emprego, dado que a actual política europea conduce a España a unha depreciación interna, que só se eludirá se cambian os criterios restritivos do BCE e da UE. Entre os problemas de fondo da economía española seguen estando os mesmos de sempre, que non convén perder de vista: España debe preparar o seu aparello produtivo para exportar; debe arranxar as súas contas públicas; debe reducir o seu desmesurado endebedamento privado, e debe programar incentivos fiscais ás empresas. É nese contexto no que se producen as declaracións do ministro Guindos nas que advirte de que se esgota o diñeiro para servizos sociais.

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Obxetividade Informativa – Antonio Campos Romay

Antonio Campos Romay

D. Alfredo Urdaci, o intimo amigo e mentor en ocasións de Doña Leticia Ortiz a outrora locutora ansiosa, exuberante de apetencias (profesionais)  e experimentada, na súa etapa á fronte dos servizos Informativos de TVE baixo un goberno popular foi universalmente recoñecido como un dilixente manipulador ao servizo do goberno popular. Lacaio eficaz esmerouse agochando protestas e manifestacións contra a Guerra de Iraq, o Prestige ou nos vergonzosos actos relacionados co 11 M. A nota de rectificación trala folga xeral contra o goberno Aznar con aquel inefable Ce Ce Ou Ou referido ao sindicato Comisións Obreiras, son outra perla da súa etapa.

Cando a TVE parecía enfilar un nivel  de imparcialidad e credibilidade, de dignidade , mais próximo á BBC que á televisión ao uso Berlusconi,  “chegou o PP e mandou  parar…”  Primeiro cargándose pola vía do rolo a lexislación prevista para manter esa ecuanimidad alfombrandolle o camiño a un presidente do Ente, Sr. González Echenique que goza no seu currículo ser asesor do imputado exvicepresidente do Goberno Sr. Rato. O seu nomeamento estrela o Sr.Somoano, novo director dos Servizos Informativos de TVE, foi director e presentador do Telexornal 1 de Telemadrid. Quizais o seu maior aval profesional é a súa meritoria carreira como destacado “axitprop” do equipo de propaganda do PP de Aguirre. Así o define Angel García, membro do comité de empresa de Telemadrid. Unhas voces que non só subliñan a súa actitude servil cos homes fortes de tal formación política  senón que o cualifican como «unha persoa ao servizo da familia Aznar», especialmente vencellado a Sra. Botella  É unha idea común que «Somoano chegou a Telemadrid cando a Sra. Aguirre necesitaba implantar a súa ideoloxía na cadea. Agora, repetirá a misión en TVE». A xornalista Teresa García, presidenta do Comité de Telemadrid, refírese á nova responsabilidade politica do Sr. Somoano en TVE como unha noticia «moi triste para a democracia»:

O diario británico ‘The Guardian’ fíxose eco dos ceses na RTVE nun artigo titulado: “O Goberno, acusado de purgas na televisión e a radio nacional”, no que afirma que o Executivo de Rajoy parece decidido a “non tolerar ningunha crítica sobre os recortes do gasto público” ou  de calquera area da súa actuación.

Onte, entre un millón e medio ou dous de cidadáns e cidadás, familias enteiras, mocidade e xente moi maior ocuparon máis de tres quilómetros de rúas da cidade condal portando senyeras e “esteladas”. Eran, pacíficamente e sen violencias a  poderosa voz dunha nación sen estado na procura do mesmo poñendo en evidencia unha situación a duras penas evitada ou agochada con diversas ambigüedades durante os derradeiros anos. Eran tamen o produto  da maquina de facer independistas manexada desde amplos sectores do PP  e daqueles que son os seus incondicionales máis aló da tenue fronteira que limita á súa dereita extrema e aparentan monopolizar máis dunha decisión crave.

O Sr. Rajoy a véspera, con notoria torpeza falaba de lea e algarabía.  Nada novo que sea alleo a outros estólidos personaxes  que polo sua miopía  fixeron historia. Cando un garda espertou na mañá do 14 de xullo a un bobalicon Luís XVI no seu palacio de Versalles informándolle que miles de cidadáns tomaran a Bastila nun Paris convulso, aquel mentecato  balbuceo: “é unha revolta?”….Non Sire, é unha revolución” contestou o mensaxeiro, o duque de Liancourt.

Tralo  levantamiento da nobreza de Lisboa, o Conde Duque de Olivares facendo de tripas corazón nunha noite de 1640 houbo de comunicar ao disoluto e irresponsable rei da Casa de Austria Felipe IV a noticia. A súa alocución foi entrar no aposento onde estaba aquela escoira coroada e dicirlle «¡Vosa Maxestade! tráiovos grandes noticias! ¡O duque de Braganza volveuse tolo e proclamouse rei de Portugal!»

Tales criterios parecen inspirar ao lacaio destacado como capataz servil nos reais sitio televisivos. E con eles relegar con estulticia de avestruz, a noticia de maior calibre da xornada a un quinto e fugaz lugar ou desdeñar calquera comunicación en directo en “TV 24” horas ao longo do día. Namentras abría informativos na BBC, na RAI na TVF etc.

A doutrina Urdaci en estado puro. Un tema cuxa dimensión politica vai marcar moi seriamente os proximos tempos non se salva burlando de xeito groseiro o dereito á información dos contribuintes que financian o medio.

O Sr Somoano debese dimitir. Non por manipulador. Que o é. Non por lacayo do PP. Que o é. Por estupido siinxelamente.

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La importancia del proyecto político – Josep Ramoneda

Josep Ramoneda

Rescate español, rescates autonómicos, descontrol económico, Gobierno desbordado por la realidad, según su propio presidente, potenciales mayorías soberanistas en el País Vasco y en Cataluña. Sobre una textura de crisis se está construyendo un gran embrollo político. ¿Cómo se explica en este contexto la expansión del independentismo en Cataluña? El éxito del independentismo es que es un proyecto político en un momento en que estos van escasos. El independentismo ofrece algo que hoy nadie da: la construcción de un futuro distinto. Mientras la austeridad encierra a la ciudadanía en una habitación sin vistas, hundiendo cada vez más sus recursos y sus esperanzas, la independencia ofrece la expectativa de una ilusión política. Mientras los Gobiernos se empeñan en despolitizar la salida de la crisis con una respuesta tecnocrática (y hasta ahora perfectamente inútil) basada en que “no hay alternativa” y en que “es lo que hay que hacer”, la independencia tiene el atractivo de un proyecto en positivo y desvergonzado. ¿Cómo se puede hacer compatible el rescate de Cataluña y el discurso independentista?

El rescate —pedido por la Generalitat— supondrá, sin ninguna duda, una restricción de la autonomía, un control estricto de la política económica catalana por parte del Gobierno central. Nadie da sin algo a cambio. Y nunca el que da reconoce que está en deuda. Al revés, convierte en deudor al que recibe, es decir, le somete. La afirmación del Gobierno catalán de que no aceptará condiciones políticas es un brindis al sol. Como lo fueron las afirmaciones de Rajoy de que España tendría un rescate europeo sin condiciones. Las condiciones llegaron incluso antes que el rescate. ¿Por qué el Gobierno catalán puede hacer compatible este fracaso con la bandera del soberanismo y no dejar jirones de su piel en el empeño? ¿Por qué no se le recuerda que la austeridad —de la que él se ha presentado como campeón— no ha hecho más que aumentar la deuda y el malestar? Sencillamente, porque en el camino hay algo que suena a proyecto político. CiU ha sido siempre maestra en el juego de convertir sus fracasos en oportunidades patrióticas.

Pero en las circunstancias actuales ya no bastaría. La contradicción rescate-soberanismo es superable porque en Cataluña la independencia es la única propuesta política al alza y porque los que están por ella ven en Artur Mas la pieza clave del proceso. O él da el paso o no lo da nadie. No será fácil para el presidente encontrar la salida a una situación en la que hay poco espacio para el término medio: entre la gloria y el ridículo, la distancia es muy escasa. El proyecto de la independencia está ahí, pero faltan el plan y el trabajo previo, con lo cual el riesgo de descarrilar es muy alto. En España, la Transición fue un proyecto político compartido, condicionado por los miedos del momento, que, como vemos ahora, dejó cuestiones básicas sin resolver. Pero, como escribe Edmund de Waal, “no hay ningún legado que sea una historia sencilla”. También lo fue Europa, la incorporación a la Unión y a su modelo social. Y lo fue incluso el proyecto aznarista, que, al estilo del modelo Bush, combinaba la liberalización económica con posiciones muy reaccionarias en lo cultural y lo social. Con él, la derecha reconquistó la hegemonía ideológica en España.

El efímero momento zapaterista de la España plural y de los derechos civiles fue el último esbozo de proyecto político: se deshizo como un azucarillo. En Cataluña, desde la confrontación Pujol-Maragall de los ochenta no ha habido un verdadero debate de modelos políticos. Los proyectos políticos han decaído o se han camuflado en la sumisión de la política a los designios de la ortodoxia económica. De modo que se sospecha de una voluntad restauradora del Estado de las autonomías por parte del Gobierno del PP, sin que nunca su líder se haya atrevido a plantearlo como una propuesta con todas las de la ley, y hay indicios para ver en las políticas anticrisis una voluntad de desmantelamiento del Estado de bienestar, sin que las derechas hayan tenido el coraje de convertirlo en un proyecto sin complejos.

Nadie osa explicar abiertamente su idea del futuro de España o de la sociedad que debe salir de la crisis. Derecha e izquierda se escudan en el día a día, para evitar el verdadero debate político. Solo el independentismo ha roto este pacto implícito. Y en Cataluña está de moda. La ciudadanía quiere sentirse partícipe de proyectos que ilusionen y no solo carne de ca ñón de la impotencia de la política frente al dinero.

Artículo publicado en el diario El País el 11 de septiembre de 2012.

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Cataluña: ¿independencia o secesión ligera? I – Xavier Casals

Xavier Casals

Una de las primeras entradas de mi blog fue nuestro artículo “Cataluña ¿La secesión ligera?”, publicado en El noticiero de las ideas, 40 (octubre-diciembre 2009), pp. 32-39. Hoy volvemos a reeditarla porque consideramos válida la tesis que allí sosteníamos y que amplificamos en nuestra obra El oasis catalán (1975-2010): ¿Espejismo o realidad? (2010). En esencia, consideramos que buena parte de la sociedad catalana, más que conocer la independencia, experimenta una “Secesión ligera”, un fenómeno similar al descrito en Italia para explicar la génesis de la Liga Norte.

Como explicamos en la conclusión del texto, el periodista italiano Paolo Rumiz en el 2001 acuñó el término “secesión ligera” para aludir a la protesta que encarnó la Liga Norte liderada por Umberto Bossi en Italia, al abanderar éste un nacionalismo padano (en alusión a sus raíces en el valle del Po). Rumiz la consideró un alejamiento progresivo de Roma –entendida como símbolo de Italia- por parte de los italianos del norte, los “padanos” y la describió en estos términos:

“Levemente, de manera inadvertida, un hombre nuevo ha crecido en el ethnos italiano, y la secesión está antes que nada en su cabeza: es un alejamiento mental de la política, del Estado, de la res publica, incluso hasta de aquel supremo bien común que se llama territorio”.

Desde nuestra óptica, en Cataluña crece un sentimiento ampliamente compartido de “secesión ligera”, que es el que en buena medida alimenta manifestaciones independentistas.

Cataluña: ¿La secesión ligera?

En noviembre de 2007 el presidente de la Generalitat José Montilla afirmó que en Cataluña había “cabreo, recelo y pesimismo”, y que si no mejoraban las inversiones del gobierno central en infraestructuras ni cesaba la incertidumbre en torno al Estatuto creada por los recursos presentados en el Tribunal Constitucional por el Partido Popular [PP], se debían valorar “graves consecuencias a medio y largo plazo de una desafección emocional de Cataluña hacia España y hacia las instituciones comunes”. El aviso era claro: muchos catalanes podían empezar a dejar de sentirse españoles. ¿Hasta qué punto es una realidad la desafección a la que aludió Montilla hace dos años?

Es difícil demostrarlo más allá de lo que refleja la demoscopia, que parece refrendarla. Así, en el último barómetro del Centro d’Estudis d’Opinió [CEO] de la Generalitat (publicado en junio de 2009) un 62% de encuestados consideraba que el nivel de autonomía de Cataluña era insuficiente. Este porcentaje es muy superior al 45% de la muestra que se identificaba como “únicamente catalán” o “más catalán que español”.

De este modo, entre los insatisfechos por las limitaciones del autogobierno figuraba un 17% que se definía como “español” o “más español que catalán”. Este hecho se explicaría porque la autonomía habría dejado de asociarse cada vez más en Cataluña a emociones para hacerlo a razones, entendiendo como tales las infraestructuras, la sanidad o la educación. Asimismo, el barómetro apuntaba que para un l9% de encuestados Cataluña debería ser independiente y para un 32% un Estado dentro de una España federal. Los sondeos, pues, constatan que la desafección catalana hacia España no es una entelequia, aunque seacomplejo calibrar su magnitud.

Pero la demoscopia indica igualmente que la sociedad catalana también manifiesta una desafección hacia su propia clase política, cuya valoración se halla en caída libre. Un “Índice de satisfacción política” acuñado por el CEO lo ha puesto de relieve de forma contundente: si en julio de 2008 su valor negativo alcanzaba –1.91, en junio de 2009 cayó hasta su récord: –2.59. Esta realidad se reflejó ya en la abstención del 51% del electorado en el referéndum del Estatuto de 2006 y un porcentaje del 5% de voto en blanco, conducta que se repitió en los comicios autonómicos de aquel mismo año, con un 44% de abstención y un 2% de voto en blanco. Ello indica que para gran parte de los catalanes las elecciones de su parlamento son de segundo nivel en relación a las legislativas o generales. ¿Por qué la desafección de los catalanes se manifiesta tanto hacia el resto de España como hacia su clase política?

Un sistema político en caída libre

La respuesta, a nuestro juicio, radica en que en Cataluña se desarrollan dos procesos simultáneos e inseparables desde hace poco más de un lustro: uno es la percepción extendida de un fracaso del encaje catalán en España y el otro el hundimiento progresivo de su sistema político actual. Ambos son indisociables de la constitución del gobierno tripartito de la Generalitat en el 2003, presidido por Pasqual Maragall y formado por la coalición del Partit dels Socialistes de Catalunya [PSC-PSOE], Iniciativa per Catalunya Verds [IVC] y Esquerra Republicana de Catalunya [ERC], reeditado en el 2006 bajo la presidencia de Montilla. Consideramos que en esta etapa (2003-2009) se cerró de modo definitivo la Transición iniciada en 1975 (significativamente abandonaron la política activa sus dos líderes históricos, Jordi Pujol y el propio Maragall) y con la elaboración del nuevo Estatuto se inició otra, en el marco de la cual tres grandes factores explicarían la desafección de los catalanes hacia su establishment político.

En primer lugar, porque seis años después de haberse producido una alternancia gobierno de la Generalitat cada vez más ciudadanos percibirían la existencia de un fenómeno que en Italia se ha denominado “lotización” lottizzazione- de la administración. Nos referimos a la existencia de un celoso reparto de parcelas de poder entre coaliciones: Convergencia i Unió [CiU] primero y el ejecutivo tripartito después.

Este desgaste general de los partidos, además, estuvo jalonado por dos hitos. Uno fue la crisis de El Carmel: en enero de 2005 un socavón creado por perforaciones de un túnel de metro en este barrio barcelonés obligó a demoler dos bloques de pisos. El desastre provocó acusaciones cruzadas de responsabilidad entre el gobierno y la oposición, incluso el presidente Maragall denunció en el Parlamento que CiU cobró comisiones por las obras públicas, aunque pronto retiró tal acusación. La pésima gestión del desaguisado por parte del ejecutivo tripartito desató una oleada de indignación popular y cuando Maragall comparó lo ocurrido con la tragedia del Prestige en Galicia por su magnitud, no anduvo desencaminado: el hundimiento de El Carmel fue un chapapote que enlodó a los políticos catalanes. El otro hito que marcó el descrédito de los partidos fueron sus rivalidades constantes durante la elaboración del Estatuto, al actuar guiados por el tacticismo y rivalizar en su afán de acaparar protagonismo público, mientras el PP no recogió rédito por su oposición al Estatuto.

En segundo lugar, porque el gobierno tripartito ha supuesto el fin de la Cataluña políticamente bipolar de las décadas precedentes. De este modo, el ejecutivo catalán desde el 2003 no ha contado con contrapeso político alguno: controla la Generalitat; todos los consistorios que son capitales provinciales; tres de las cuatro diputaciones; y aparentemente dispone de un gobierno “amigo” en Madrid. En este panorama no existen contrapesos a la hegemonía del bloque tripartito. Si antaño, ante un Pujol que gozaba de mayoría absoluta el PSC podía reclamar colaboración a un gobierno central del PSOE, ahora ninguna fuerza de la oposición al gobierno de la Generalitat puede recurrir a tal apoyo. Ante¡ tal situación, han sido inoperantes los buenos resultados electorales de CiU (pese a perder votos) y se ha dado la paradoja de que el PSC ha perdido sufragios en los comicios catalanes de 2006 y en los locales de 2007 sin que disminuyan sus parcelas de poder. Así las cosas, la competencia política en Cataluña resulta cada vez menos atractiva para su electorado.

En tercer lugar, porque han advertido nuevos actores políticos que quieren romper el monopolio de los partidos dominantes. Lo representan gráficamente Ciutadans [C’s] en el ámbito autonómico y la islamófoba Plataforma per Catalunya [PxC] y las independentistas Candidatures d’Unitat Popular [CUP] en el local. Estas tres formaciones comparten dos banderas: la protesta contra el establishment político (reclamando una mayor participación de electorado y una democracia más representativa) y la defensa de una identidad amenazada, sea ésta española (como en el caso de C’s), catalana (las CUP) o “autóctona” frente a la inmigración (la PxC).

De manera paralela han ganado peso vías de participación “antipolíticas”, que van más allá de la abstención creciente y a la alza del voto en blanco, al generarse un fenómeno que ha pasado desapercibido para los politólogos pese a su importancia: la expansión de plataformas de protesta vecinales y ecologistas que cuestionan decisiones institucionales -como la construcción de vertederos- y que han sido designadas popularmente como expresiones de una “cultura del no”, versión catalana de la expresión inglesa not in my backyard (“no en mi patio trasero”). En resumen, la desaparición de los mecanismos que han caracterizado a la política catalana durante tres décadas y el desgaste de los partidos tradicionales son las claves de la desafección
de los catalanes hacia sus políticos, que se manifiesta tanto en la abstención como en la irrupción de nuevas formaciones y plataformas de protesta. Todo ello hace pensar que el actual sistema político catalán experimenta un proceso de cambio profundo.

Hecha esta sucinta y esquemática exposición sobre la desafección de los catalanes hacia sus políticos quedan por dilucidar las causas de su desafección hacia el resto de España enunciada por Montilla. De nuevo, las respuestas a esta cuestión son indisociables de la constitución del gobierno tripartito de la Generalitat en el 2003, pues a partir de entonces Cataluña marcó las dinámicas políticas españolas por razones diversas.

Razones de un distanciamiento

Si procedemos a enumerarlas jerárquicamente, en primer lugar destacarían las consecuencias que en el gobierno de Maragall tuvieron dos actuaciones más que desafortunadas de su vicepresidente y entonces también líder de ERC, Josep-Lluís Carod-Rovira: por una parte, la conmoción política que causó su entrevista con dirigentes de ETA en Francia cuando era presidente en funciones de la Generalitat; por otra parte, su sugerencia posterior de efectuar un boicot catalán a la candidatura de Madrid como sede olímpica. Ambos hechos generaron un formidable movimiento de rechazo en el conjunto de España. En segundo lugar, debe ubicarse la gestación del nuevo Estatuto, que fue percibido como una amenaza a la integridad territorial de España por amplios sectores políticos y sociales y alumbró una gran oposición al mismo y de la que el PP hizo bandera. En tercer y último lugar debe señalarse la frustrante falta de apoyo al texto estatutario del presidente José Luis Rodríguez-Zapatero, tras haberse comprometido públicamente a ser su valedor en noviembre de 2003: “Apoyaré la reforma del estatuto de Cataluña que apruebe el Parlamento”, afirmó en un acto multitudinario. La confluencia de las dinámicas políticas generadas por estos hechos, como veremos a continuación, sentó las bases de la actual desafección catalana.

Empecemos por el primero. El escándalo protagonizado por Carod-Rovira al entrevistarse con líderes de ETA fue objeto de toda suerte de críticas desde el resto de España, de los que hizo de altavoz un PP dolido por su exclusión de la política catalana (las formaciones del tripartito explicitaron su rechazo a pactar con él bajo ningún concepto). Eduardo Zaplana, por ejemplo, enunció que “el Gobierno de Cataluña son tres, pero uno de ellos suma un cuarto, ETA”. La difunta ministra Julia García-Valdecasas manifestó que “de alguna manera el PSOE ha pactado con asesinos que irá con asesinos en la candidatura al Senado” (aludiendo a una lista unitaria PSC-ERC-ICV), palabras que luego rectificó. Asimismo, a las penosas manifestaciones de Carod-Rovira insinuando el boicot a Madrid como sede olímpica, siguió una campaña popular de boicot a los productos catalanes que hizo mella en el conjunto de la sociedad catalana por su amplio eco.

Al añadirse la oposición beligerante del PP y la de amplios sectores sociales y políticos del resto de España al nuevo Estatuto, la estigmatización inicial del gobierno tripartito por sus pretendidos vínculos con ETA evolucionó hacia el anticatalanismo, en la medida que se presentaba a Cataluña como insolidaria y egoísta. Así lo testimonió una campaña de recogida de firmas de los populares contra el Estatuto, al estar abanderada con una pregunta que soslayaba la gran desigualdad (entre otras existentes) que supone el concierto económico vasco y navarro: “¿Considera conveniente que España siga siendo una única Nación en la que todos sus ciudadanos sean iguales en derechos, obligaciones, así como en el acceso a las prestaciones públicas?” Asimismo, Mariano Rajoy difundió el mensaje de que el gobierno central era rehén de un proyecto del ejecutivo catalán para acabar con España: “Asistimos ya a un plan muy elaborado para el desmantelamiento del Estado según las directrices que imponen algunas minorías nacionalistas y muy particularmente el gobierno tripartito de Cataluña”.

En este contexto, emergió un anticatalanismo belicoso del que los locutores estelares de la cadena propiedad del obispado español –la COPE- fueron sus voceros emblemáticos. Si César Vidal calificó al ejecutivo catalán como “nacionalsocialista”, Federico Jiménez Losantos hizo comentarios como éste: “el Gobierno español sólo habla con terroristas, homosexuales o catalanes. A ver cuando se decide a hablar con gente normal”. Este clima de opinión lo reflejó igualmente el fallecido presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales [CEOE], José Mª Cuevas, al definir una OPA de la empresa Gas Natural –radicada en Barcelona- sobre Endesa como hecha “muy a la catalana; es decir, muy barata y con el Boletín Oficial a favor”.

Finalmente, el nuevo Estatuto catalán se concluyó y aprobó de modo desangelado: Rodríguez Zapatero hizo gala de un pragmatismo maniobrero al pactar sus flecos con el líder convergente Artur Mas y no con el presidente Maragall, en un acuerdo que no evitó recortes del texto en el Congreso. A ello siguió un referéndum deslucido, con una campaña pidiendo el voto en contra para el texto de ERC y el PP, que formuló recursos contra numerosos artículos del mismo ante el Tribunal Constitucional.

Sin embargó, erraríamos el diagnóstico sobre la desafección catalana si viéramos aquí su principio y fin. Ciertamente, ésta nació en el proceso descrito, pero cuajó con el esperpéntico espectáculo que siguió a la aprobación del texto estatutario.

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