Memoria, reconciliación y pacto- José Antonio Pérez Tapias

PEREZMEMORIA, RECONCILIACIÓN Y PACTO

José Antonio Pérez Tapias

Al conmemorar el pasado 6 de diciembre el día de la Constitución, lo hemos hecho constatando cómo al fin nos hemos puesto a hablar en España de reforma constitucional. Aunque hay que decir que no todos; algunos se resisten. Sorprende en tal sentido la actitud del presidente del gobierno, la cual, siendo de negativa rotunda, es de suma irresponsabilidad dada la crisis institucional del Estado. De todas formas, hablar de sorpresa es fórmula retórica: en verdad no sorprende que Rajoy, al frente de un gobierno de derechas, mantenga posición tan cerrada sobre una reforma constitucional que a muchos ciudadanos y ciudadanas nos parece tan urgente como necesaria.

   La derecha española, y españolista, se aferra a una constitución por la que muchos de sus miembros no sintieron especiales simpatías -otra fórmula de cortesía-, y ello con tal de no entrar al debate sobre la configuración territorial del Estado, la laicidad del mismo o la descarga de la presión neoliberal que se introdujo en nuestra ley fundamental con la “prioridad absoluta” que se consagró con la reforma del artículo 135 respecto al pago de la deuda pública. Las consecuencias pueden ser funestas. Así, por ejemplo, situándose entre el cinismo y la ceguera, la derecha sacraliza un determinado concepto de nación aduciendo que con ello defiende la unidad del Estado, cuando todo indica que es inútil trinchera para, llegado el caso, hacer frente a un secesionismo que pudiera ser, en Cataluña, imparable. El principio de legalidad obliga, pero con dogmas jurídicos no se resuelven los conflictos políticos.

La reforma de la constitución hay que acometerla en profundidad. Y si eso supone un proceso constituyente, ni hay que tenerle miedo, ni hay que plantearlo como si supusiera hacer tabla rasa con los logros posibilitados por la carta magna de 1978. No obstante, reconociendo todos los méritos de la constitución democrática resultante del pacto que nos permitió a los españoles transitar de la dictadura a la democracia, hay que reconocer que, tratándose del consenso que entonces fue posible, la presión de las circunstancias en aquellos difíciles momentos -eufemismo aceptable por todos, sabiendo que se trataba de los poderes fácticos-, no permitió que algunas cuestiones se resolvieran con la coherencia democrática que hubiera sido deseable. No hace falta decir que la alternativa monarquía o república fue una de ellas. Tampoco es necesario insistir en que la consideración del Estado como aconfesional, mas con mención constitucionalizada a la Iglesia católica, era otra de las concesiones que las fuerzas de izquierda, salidas de la clandestinidad, hubieron de hacer. Y no se descubre ningún secreto si se recuerda las tensiones en torno a “nacionalidades y regiones” en un Estado cuyo modelo se dejó indefinido en aras de una posible resolución por vía de autonomismo de la llamada cuestión nacional, aunque quedara aparcado el fondo del asunto que es la cuestión de las naciones existentes en la realidad política hispana.

Con todo, una cuestión de suma importancia quedó orillada en el pacto de 1978, el cual se hizo desde la llamada a la reconciliación de todos los españoles tras la larga noche de la dictadura y aún bajo la sombra terrible de la guerra civil.  Dicha llamada es la que se vio acompañada por la ley de amnistía. Y diríase que estuvo bien que así fuera, mas no se puede decir lo mismo de lo que vino después como injustificable confusión entre amnistía y amnesia, interesadamente promovida por los herederos de un régimen que desembocaron en la democracia sin condenar su carácter brutalmente dictatorial. La invocada reconciliación quedó así a medias y, en verdad, lastrada por una desmemoria hacia las víctimas de la represión franquista que constituía un factor de falseamiento de dicha reconciliación y un elemento de indignidad que la democracia española tendría que afrontar. Ése es el meollo de la memoria histórica como memoria democrática de una sociedad que no quiere levantar el edificio de su convivencia política sobre una farsa. Por ello, cuando hablemos de reforma constitucional haremos bien en recordar lo que no debe ser olvidado. Para ello, al cabo del tiempo, pero rescatado para nuestra historia, podemos traer a colación el contenido profundo de aquellas palabras que Azaña, en angustiado clamor como presidente de una república azotada por el fascismo, nos dejó como legado: “paz, piedad y perdón”. Nada de olvido si queremos renovado pacto constitucional.

(El Siglo).

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