El asesinato del espíritu navideño – Antonio Campos Romay

83bab-antoniocamposromayEL ASESINATO DEL ESPÍRITU NAVIDEÑO

Antonio Campos Romay

Estamos en fechas solsticiales propias a que al tiempo que decae la luz solar, broten con el entusiasmo del líquido de una botella de cava agitada, cascadas de presunta  “felicidad” y  “cariño” a caballo de  un “espíritu navideño” que por una quincena escasa intenta mostrar que el corazón humano rezuma bondad , generosidad e incluso ternura

Salvado respetuosamente el sentimiento de los  que sinceramente viven las fechas  desde su convicción religiosa o incluso esotérica, es alarmante la brutal manipulación con crecimiento exponencial, que bajo el disfraz  de una veneración impostada y a tiempo tasado, utiliza la sensibilidad de la población para abrir camino a un disparatado consumismo, cuyos pingues beneficios saborean golosamente diversas colectivos mercantiles. Se nos pinta la Navidad como tiempo místico que humaniza  actitudes y comportamientos. Que aquieta con simplismo buenista  los desafectos, y que el chascar de dedos de la magia navideña envuelta en luces callejeras multicolores tornan dolor en fiesta, angustia en albricias, mientras la felicidad  y la bonhomía presiden las relaciones  humanas.

La terquedad de los diarios, negro sobre blanco y los medios audiovisuales nos recuerdan, que el Mare Nostrum es  Mar de Muerte, que las armas, el más floreciente negocio de países que consideramos modélicos, siegan vidas sin tregua, mientras satisfecho señores abordan cachazudos en organismos internacionales presuntamente “serios y solventes”, la casuística de los diverso puntos calientes azotados por olas de muerte, de cuya autoría intelectual, ellos mismos en no pocos casos, sin actores.

En una acera de Rio la policía patea o mata niños colocados con pegamento. En un supermercado de Caracas se asesina por una barra de pan o un rollo higiénico. En una avenida de Nueva York alguien  muere de hambre a los pies de un lujoso edificio por la carencia de una mínima asistencia social. En América Latina la vida es un valor a  la baja en países azotados por la violencia y la injusticia. La sangría de asesinatos de género en nuestra “modélica”  sociedad forma parte de la hipocresía nacional que da la mayor respuesta con minutos de silencio y decenios de inacción y desamparo de la mujer.  La prostitución infantil es lacra que acompaña  el tráfico de seres humanos para ser vejados y prostituidos hasta la extenuación. Un fabuloso negocio billonario…tanto como el de los estupefacientes y el alcohol que de forma metódica diezman el futuro y la vida de la adolescencia y la juventud, pero también de mucha gente no tan joven. Cientos de miles de personas huidas de un horror  se arrastran en otro, inmersos en el lodo y la hambruna. Golpeados por el rigor del clima, refugiados sin refugio al albur de ojerizas de nativos y xenofobia delirante, contemplan su supervivencia en alcanzar el amanecer del día siguiente.

Entonces es cuando en el ocaso del año, se arbitra una época propicia para auspiciar lavados de conciencia, con lucecitas, melodías  pegadizas y sentimentales, y efímeras ayudas puntuales a  los más depredados de la sociedad. Un caleidoscopio de sonrisas huecas y expresiones almibaradas, afirmaciones campanudas mientras se impulsa en paralelo un férreo culto al materialismo, insolidario, codicioso, compulsivo. Cosechado en campañas publicitarias que crean las necesidades y dependencias más ridículas. Campañas tan eficaces como la que introdujo y dio carta de naturaleza como imprescindible en el escenario del gasto, a un gordinflón vestido de rojo, que desde su trineo, duplica el mito consumista estacional que era monopolio de tres presuntos magos coronados.  Realmente estamos en una sociedad que no solo deifica el consumo, sino que lo antepone a todo. Independencia, sentido común, coherencia en la administración de los recursos y a medio plazo, incluso  la armonía del bienestar.  Son fechas excesivas, en las que hasta un jefe de estado de escabrosa legitimidad, desde  uno de los grandes vehículos de alienación, la televisión,  tiene la osadía entre  un abeto y un belén, de invadir hogares para  lavar en momentos sensibles de presunta intimidad los cerebros  de los espectadores intentando vender,  la más que dudosa utilidad de su ejercicio.

Cuando  la  maldad intenta mostrarnos su mejor cara es cuando debemos temernos lo peor.  Igual que el sentido común deja de serlo, cuando muy ufanos nos volcamos en la histeria colectiva de una cierta amabilidad, un barniz de espíritu solidario, talantes menos ariscos, en apenas quince días, entre diciembre y enero, cuando debiera ser norma de convivencia de enero a diciembre.

Muy atrás quedan otras Navidades, con mayúscula, que la inmensa parte del país que vivió las estrecheces y miserias de una posguerra que alargó su asfixia vital hasta muy entrados los años sesenta, las celebraba con modestia y privacidad. Y las convertía en bálsamo en el que se compartían recursos muy sensatamente administrados y siempre  bajo la égida de la solidaridad. Y donde frente a la escasez, la respuesta era profundizar la cohesión fraternal.

Si hubo un espíritu navideño”, si realmente existió… un espíritu presidido por la calidez de la fraternidad humana…hace mucho que el marketing, la globalización en su peor faz de especulación deshumanizada, carente de empatía social, mezquina de miras, yerma de solidaridad, y las multinacionales, lo han asesinado. D. E. P.

papapapapa

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