La ciencia no es cosa de mujeres. Firma: Man Castro (*)

 

Máis euKant, refiriéndose a la marquesa de Châtelet, introductora de las teorías de Newton en el continente en el siglo XVIII, había dicho que una mujer geómetra era algo contra natura, que bien podría salirle barba. La medicina en la antigua Grecia estaba penada con la muerte para las mujeres. A Rosalind Franklin, química y cristalógrafa inglesa, le robaron sus descubrimientos. La rusa Sofía Kovalewskaia a comienzos del siglo XIX tuvo que irse a Alemania para estudiar matemáticas y aún allí únicamente pudo recibir clases particulares. Terminó siendo la primera profesora en la universidad sueca. La ilustre penalista ferrolana Concepción Arenal en el año 1841 tuvo que disfrazarse de hombre -pelo corto, levita, capa y sombrero- para poder asistir como oyente a las clases en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid. En 1911, poco después de que la Academia de Ciencias de Francia votara en contra de asignar uno de los sillones a Marie Curie, esta recibía por segunda vez el Nobel en el área de Química. El primero, de Física, lo compartiera con su marido en 1903, ocho años antes…

Si bien es cierto que a partir de mediados del siglo XX en que se produce la incorporación masiva de mujeres a la universidad, la situación en este campo ha experimentado un cambio radical, no lo es menos que resulta insuficiente, con mucho recorrido por hacer todavía, a tenor del ánalisis que hace Adela Muñoz Páez en la revista “Claves”, nº 249, de noviembre-diciembre de 2016 en un interesante trabajo que titula “La larga marcha de las científicas”. La autora bebe del informe ETAN on Women and Science, los estudios She Figures 2015 y otros recogidos de la publicación científica Nature. En el caso de España recurre a los informes Académicas en cifras 2011 y Científicas en cifras 2013, que pueden encontrarse en la web del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

Actualmente, en EEUU a pesar de que la mitad de las mujeres realizan un doctorado, sólo un 21% obtiene plaza fija.  En lo que concierne a Europa, según los documentos e informes que manejó Adela Muñoz, es curioso que los países que dedican más fondos de inversión a la investigación, tales como Holanda, Francia, Gran Bretaña y Alemania, paradójicamente tienen menos mujeres en el sistema científico. El reducto por antonomasia que continúa más cerrado a las mujeres es el de las academias en las que solo representan el 12%. Otro aspecto es el de los premios científicos. Menos del 3% ha obtenido Nobel de Ciencias, porcentaje inferior al de mujeres ganadoras de Nobel en su conjunto, un 5,3%. Un dato que abre la puerta a la esperanza es que entre 2005 y 2011 el número de investigadoras creció más que el de investigadores, 4,8% frente al 3,3% de hombres.

Y ¿qué sucede en España? La situación no difiere sustancialmente de lo que ocurre en Europa. Los valores son similares a la media europea, aunque con tendencia al alza. En 2012 las científicas españolas representaba el 38,8% mientras que la media de la UE es del 33%. Se da la circunstancia de que en áreas tradicionalmente masculinas España aventaja a Europa, teniendo un 48% de doctoras en ciencias, matemáticas y computación, mientras que la media europea es del 42%. Como en el resto de la Unión Europea, la presencia de españolas es muy escasa en las academias de ciencias.

scanParece quedar claro con todo lo relatado con anterioridad que la ciencia no es cosa de mujeres, o expresado de otra manera, la ciencia es solo cosa de hombres. El patriarcado continúa “ejerciendo su papel”. Patricia Ruiz Guevara en “El Confidencial” escribe: “Ese olvido permanente y reiterativo que han sufrido las contribuciones de las científicas e investigadoras es el llamado efecto Matilda.

La periodista invoca a Marta Macho Stadler, profesora de la Universidad del País Vasco y Premio Emakunde a la Igualdad 2016, que cree que “el efecto Matilda funcionará siempre, y costará mucho erradicarlo y revertirlo. Hoy en día, la composición de los grupos de investigación sigue siendo piramidal y liderada por hombres. El que está arriba en la jerarquía siempre recibe las medallas, y eso hace que la jerarquía cada vez esté más establecida. Esto invisibiliza a las personas que están en la base de la pirámide, y, en particular, a las mujeres, que por diferentes motivos casi siempre están en la sombra”.

Obviamente, esta discriminación por razón de género hay que enmarcarla en la situación general. No es una isla en el panorama que en Europa tiene como punto de partida el Tratado de Roma en 1957 en virtud del cual la UE aboga por la igualdad entre hombres y mujeres como objetivo que ha de afectar a todas las áreas comunitarias, Tratado que en el momento de su firma, en España colisiona frontalmente con el franquismo y sus teorías de la familia y el papel de la mujer, dedicada a las tareas del hogar, siempre como “complemento” del hombre que es el cabeza de familia y al que la mujer debe someterse incondicionalmente.

Finalmente, si nos trasladamos a la actualidad,  es obvio que estamos lejos de alcanzar una paridad por género tanto en participación laboral como en salarios. Y esta brecha de género aumenta con la edad las diferencias, según una ponencia que presentó Sara de la Rica a la Fundación Ramón Areces.

Man Castro, periodista, director de “Contraposición. República de las Ideas” 

 

Acerca de Contraposición

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