La caja de zapatos. Firma: Fernando Álvarez Bouza (*)

 

fab.010316Nos barrió el temporal de invierno, dejándonos más muertos que vivos. Caminamos sin rumbo, perdidos. Si antes no teníamos la certeza de saber a dónde íbamos, ahora tampoco sabemos de dónde venimos. La crisis financiera del 2008 fue mucho más que eso: una crisis financiera, fue sobre todo una crisis que puso en cuestión nuestros referentes sociales y éticos. Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, escribió Rafael Alberti en un poema del año 1929 dedicado a Buster Keaton. Porque no soy economista ni filósofo ni sociólogo, sino un torpe escribidor, permitidme que comparta con vosotros una historia que suelo utilizar para mi uso personal. No me ayuda a comprender todo el alcance político de la felonía que se cometió con nosotros, los miembros de las más humildes clases medias, los enemigos a batir; pero al menos me ayuda sonreír, lo cual no es poco.

La señora María es una anciana que vive en un pequeño ayuntamiento de la Comarca de Ferrol. Hay una oficina de la antigua Caja de Ahorros y del Monte de Piedad situada muy cerca de su casa, justo al lado de la carnicería y en camino hacia la plaza del Ayuntamiento. El jefe de la oficina es un chico muy agradable, que le inspira confianza. Llamémosle José Luis, porque de alguna manera hay que llamarle. A la señora María le cae bien José Luis, le parece un chico simpático, aunque muy serio en su trabajo, y decide confiarle todos sus ahorros. Digamos que se trata de un millón de pesetas del año sesenta y ocho, lo que equivaldría a doscientos mil euros en la actualidad. Es toda su fortuna; la heredó de sus padres y su difunto marido, fruto de la venta de tierras y otras propiedades. La señora María mete sus ahorros en una caja de zapatos de Pepe Rodríguez, el campeón del calzado, y la pone en manos de su amigo José Luis, pasando todas las mañanas por la oficina de la Caja de Ahorros y del Monte de Piedad camino de la carnicería y de otras tiendas del pueblo. José Luis la está esperando, sale a recibirla (siente estima por su cliente), la invita a entrar en su despacho y le enseña la caja de zapatos de Pepe Rodríguez, el campeón del calzado. “Aquí está su dinero, señora María”, le dice. La anciana abre la caja de zapatos, comprueba que en su interior está todo su dinero y sale feliz de la oficina de la Caja de Ahorros y del Monte de Piedad para hacer sus compras diarias. Se repite la rutina cada mañana, naturalmente en días laborables.

Cincuenta años más tarde, la nieta de la señora María, una afortunada en los tiempos que corren, pasa por la oficina de A Banca (el nombre de Caja de Ahorros y su apéndice del Monte de Piedad ya están borrados) para dejar una segunda caja de zapatos de Pepe Rodríguez, el campeón del calzado, con los cien mil euros que obtuvo de la venta de otras propiedades. Ya no está José Luis al frente de la oficina, tampoco Laura ni Pedro ni Luis ni otros veinte empleados que lo sucedieron en los años siguientes. El nuevo empleado de la oficina es una joven desconocida, que trata con educación pero con indiferencia a la hija de la señora María, que no sabe dónde dejar su caja de zapatos de Pepe Rodríguez, el campeón del calzado. El piso del millón de pesetas del año sesenta y ocho está a doscientos cincuenta mil euros en algunas provincias y a cuatrocientos mil en la capital de España. No existen

depósitos de ahorro, el dinero ingresado en cuenta fija tiene una rentabilidad negativa y la única salida razonable para el dinero ahorrado por la nieta de la señora María es invertirlo en acciones o bien en fondos de mayor o menor riesgo. Los bancos son oficinas de apuestas, pero sin caballos ni galgos, especialidades que pudieran entrar en la categoría de deportes. La educada funcionaria de la oficina de A Banca le muestra a la nieta de la señora María un amplio abanico de posibilidades de juegos de azar, como dije, excluyendo los caballos y los galgos. Es un discurso de cuarenta minutos. Cuando concluye, la nieta de la señora María regresa a su casa con la caja de zapatos de Pepe Rodríguez, el campeón del calzado, y decide guardarla en el mismo lugar de la huerta donde vino a enterrar a su querido perro, un lugar seguro. Mi ignorancia no me permite extraer una moraleja del asunto. Pudiera ser también porque carezco de cualidades de fabulista.

(*)Fernando Álvarez Bouza, escritor y ex directivo de Imenosa e Igape

Acerca de Contraposición

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