LA DEMOCRACIA EN RIESGO.- Antonio Campos Romay (*)

La democracia es un sistema que facilita organizar la sociedad de acuerdo con los postulados de Mostesquieu, habilitando que el poder se distribuya y contrapese, soslayando la acumulación del mismo en una sola mano o grupo. Se basa en el respeto a la dignidad humana, a la libertad y a los derechos ciudadanos. Pero suele pasar, el caso español es un buen exponente, que muchas veces hablan de democracia los mismos que la están negando. O que crecieron negando su práctica. Que los que pontifican sobre democracia, son aquellos o aquellas que la escarnecen con sus actos y en lo cotidiano la niegan. Que hacen de las contradicciones hoja de ruta para befa de un pueblo estupefacto ante tanta desvergüenza, que pierde la fe en la clase política a chorros. Algo que las encuestas sociológicas nos recuerdan periódicamente.

Se invoca la democracia de forma altisonante, y se anatemiza a los países totalitarios por su ausencia de respeto al ciudadano, olvidando que nos movemos en una pátina de ilusión democrática que oculta la imperfección de una libertad que hoy está usurpada por poderosos intereses financieros que mueven sus tentáculos e imponen su criterio a través de políticos domesticados. Convirtiendo en esta perversión, a los trabajadores y a la mesocracia, en los parientes pobres y sin horizontes de tal modelo. Se orilla la virtud máxima de una democracia que es el respeto al ser humano simplemente por el hecho de serlo. Malamente cumplirá su papel la democracia si es incapaz de una justicia social equitativa. Violentaría su razón de ser, si no consagra a la ciudadanía en pié de igualdad en el ejercicio de derechos y deberes.

Desde la instauración del estado constitucional, nos hemos visto lastrados por el riesgo de liderazgos con vocación de prolongarse en el tiempo de forma insólita, y que en muchos casos desembocan en las aguas revueltas de la demagogia. Algo de lo que no se libran las nuevas corrientes, que con más cargas reivindicativas que poso ideológico, han irrumpido en el escenario político. Mesianismo e intolerancia son prácticas al uso que no se comparecen con la reflexión sosegada, el debate y la capacidad de acuerdo que informan una democracia con dinamismo. El papel de la ciudadanía en una democracia solvente no se agota con el ejercicio del voto. La democracia es participación con responsabilidad y el ejercicio de permanente pedagogía frente a la intolerancia. La democracia cumple su objeto cuando el poder hegemónico no es el económico, sino la suma ordenada de los intereses de la sociedad. Lo que requiere una cultura democrática constante y viva.

Nada más lejos de una democracia sana, del buen estado de la salud pública, que la administración caiga en manos de una minoría corrupta y en muchos casos incompetente. Que la adultera en aras de su de lucro, estrategias o al servicio de terceros. Que para la impunidad de su ejercicio socave la credibilidad de los poderes del estado que dibujan la democracia. Haciendo que el poder judicial se mueva a su capricho. Entorpeciéndolo, privándolo de medios o directamente actuando con arbitrariedad sobre sus mecanismos. Extendiendo la sensación, con mucho de objetiva, que la metástasis de la corrupción llegan a las más altas instituciones del estado, y que no parece descartable la connivencia desde estas con los presuntos delincuentes.

No ayuda que la consorte del jefe del estado (vitalicio y no electo) tenga por “compi yogui” un delincuente económico con condena firme, en libertad bajo fianza por un nuevo caso de corrupción, al que amen de mostrarle su apoyo, a la vez la tal señora, mande a la mierda (perdón, “merde” debe ser más fino) a la ciudadanía por indignarse al saberlo. O que su esposo lo invite cordialmente a cenas íntimas. O que otro delincuente, también condenado, cuñado del jefe del Estado, se pasee alegremente en Semana Santa de la mano de su señora esposa y princesa, incluso firmando autógrafos y haciéndose selfies…

Se degrada y socava peligrosamente la democracia cuando ante el pueblo se exhibe una alarmante impunidad. Cuando son intolerables las distancias entre los que acaparan la riqueza y los que “acaparan” pobreza. Cuando lo incorrecto llega al bochorno de prostituir algo tan noble y de la máxima dignidad, como es la política, presentándola como intrínsecamente mala. En el mejor de los casos quedaría la interpretación “marxista”… (Groucho Marx) : “La política es el arte de buscar problemas, hacer un diagnóstico falso y aplicar el remedio equivocado”.

A estas alturas, la trascendencia no está con toda la obscenidad que representa, en el saqueo sistemático de la publico, en el desmantelamiento de lo público para satisfacer la voracidad de los especuladores, dinamitar la separación de poderes, y muchas otras aberraciones, sino en la degradación descontrolada (o intencionada), de la democracia que conlleva. De sus valores y principios. Este es el primero y más grave de los actos delictivos que se están cometiendo hoy. Lo que está en juego, ya no es que “sean una manga de ladrones del primero al último” que diría Pepe Mujica, sino que estas conductas, están poniendo en riesgo la propia democracia.

(*)Antonio Campos Romay, ex diputado del Parlamento de Galicia

Acerca de Contraposición

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