LA MUERTE DEL LIBERALISMO Y LOS A-NARCOS.- Carlos Raya (*)

 

Se habla de la lenta agonía de la socialdemocracia europea, pero se pasa por alto el silencioso sacrificio del liberalismo a manos de los anarquistas de mercado. Toda norma que interfiera en el libre albedrío no de las personas, sino de los capitales, debe ser removido, incluso la libre competencia. El nuevo orden promovido supone el fin de la democracia y la vuelta a un orden prehumanista. Una  nueva edad media donde la voluntad de Dios se sustituye por la del dinero. Millones de fieles devotos se unen al movimiento aunque suponga su miseria eterna.

El liberalismo fue  asesinado por el anarquismo de mercado, que lejos de enterrar a su presa la exhibe como legitimante público. Los partidos anarcocapitalistas sirven a los intereses de los grandes capitales, pero no lo hacen con descaro, sino bajo el paraguas ideológico del finado. Su peligrosidad reside precisamente en parecer lo que no son, en perseguir objetivos inconfesables. Odian al Estado, pero se sirven de él para conseguir destruir con paciencia el Welfare State, para remover toda barrera legal a la libre comercialización de productos y para eliminar toda protección al neoproletariado, residuo seco de las anteayer clases medias. El Estado, paradójicamente, es el mejor aliado de sus peores enemigos. Y no solo por ser instrumento de aniquilación del contrato social de la posguerra, sino por constituirse como mordaza, como engranaje de represión de toda forma de resistencia al nuevo “caos”. Mientras, los medios afines al poder simulan en diferido la realidad publicada como proceso narcotizante de las masas.

El Estado, máxima expresión de la voluntad popular, sirve para eliminar toda Ley que marche en el sentido del bien común. Es el Estado contra el Estado que se transforma en máquina represiva de su propio pueblo. Sobre todo los a-narcos atacarán el sistema de reproducción del sistema: el educativo. La formación promovida no busca la humanización de la sociedad sino el embrutecimiento de los individuos aislados, su animalización solipsista. Toda una estrategia analfabetizadora movida por una pulsión dominadora que emula y añora la oscuridad de la alta edad media. Son muchos los elementos de la nueva economía -tanto tecnológicos, productivos y por fin normativos- que facilitarán la regresión. El nuevo mundo es el mundo de la ignorancia porque ha renunciado a ser el mundo de la sabiduría. No hay libertad en la ignorancia. Existe una contradicción en los términos. La ignorancia es una de las formas de sometimiento más terribles que podamos imaginar y detenta la ventaja para el poder de ser ejercida sin necesidad de violencia. La invisibilidad del aparato represor del Estado facilita paradójicamente la sensación de libertad del individuo. El nuevo ciudadano es constreñido con un corsé de cristal y seda. Es tal la sofisticación alcanzada que nada siente ni padece. La necesidad de manifestar su personalidad se resuelve en el mercado comprando.

Pero la libertad de mercado no es la libertad del individuo consciente de sí mismo, del ciudadano pleno viviendo en sociedad, todo lo contrario, es la libertad del capital en todos los ámbitos y llega a todos los ámbitos de la vida como el sermón del obispo Gelmírez. El ciudadano será libre tanto que consuma y consumir no es en realidad un acto de libertad sino de sumisión. Mucho más cuando los a-narcos construyen un mercado asimétrico, donde el vendedor tiene todo el poder sobre el consumidor. Pregunten a cualquier autónomo o pequeño empresario como son sus relaciones con las multinacionales a las que representan. La contestación es inmediata y unánime: no somos clientes, solo servidores. El “yo pago y exijo” se acabará paulatinamente a la par que se extingue la raza de los ciudadanos occidentales. La sucesión ecológica impone su sustitución por amables consumidores que sentirán uno y otro día la sensación de poder y libertad sin límites al ir de compras. El orgasmo existencial es cambiar de coche o adquirir una casa. Me viene a la mente aquel consumista ostentoso de Veblen y Galbraith, cuando advertían que damos mayor importancia a los automóviles que a las carreteras. Consumir es siempre consumir para mí. Incluso si hacemos un regalo. Nos enseñan a odiar lo común cuando en realidad es nuestro único refugio. Divididos  nos vecen.

Se produce otra paradoja: los a-narcos no quieren la desregulación del mercado, ni mucho menos, sino la modulación del mismo que aumente su margen de beneficio. Todo su empeño es eliminar la libre competencia. En cuanto se les deja un rato solos constituyen un oligopolio o un idílico monopolio. Por una parte La concentración de capitales lleva a la fagotización de la competencia y al reparto de un sector entre cuatro o cinco actores en colusión. Por otra parte se compra la voluntad del político que dictamine normas que faciliten esos monopolios. Es toda una contradicción: desregular no es remover las normas para aumentar las cotas de las libertades del individuo, tampoco se busca incrementar la calidad de los derechos civiles, políticos o sociales. Pero desregular tampoco es abrogar las leyes que impidan la libertad de intercambio en pro del mercado, eso solo es en apariencia. Su deseo es derogar, pervertir o sustituir las normas del libre mercado. No hay nada que odie tanto la directiva de una multinacional como la libre competencia.

El mejor ejemplo lo tenemos en la propiedad intelectual e industrial con su carrera imparable de aumento de prerrogativas, diezmos, patentes de corso y propiedades imposibles siempre en beneficio de las grandes corporaciones que ahora sustituyen sus industrias físicas por una norma que uncida a los productos inmanteriales iguala de forma automática la oferta a la demanda. Dicho de otra forma: torna la oferta en infinita. Esta normativa pulveriza supuestos básicos de la economía clásica tanto en cuanto los precios de las mercancías en el mercado se forman por la relación entre la demanda efectiva y la oferta disponible. Siendo la oferta infinita el precio tendería a cero. Así debería ser, pero esta economía es monopolística y el precio es marcado por el oferente que administra los flujos según su interés, jamás en interés de la sociedad.

Desde la economía marxista se produce un extrañamiento absoluto entre el producto y el trabajo: una vez creada la mercancía por el trabajo este puede ser despedido. En la economía capitalista industrial, al fin, capital y trabajo son imprescindibles para que funcione el sistema productivo. Aquí el trabajo ya casi no es necesario. La patente sustituye al factor trabajo como único camino de creación de bienes. El coste marginal es nulo o casi nulo. ¿Para qué necesita el capital al trabajo? Desde luego no es como algunos dan por supuesto de forma errónea: no es la inmaterialidad de las mercancías del nuevo mundo lo que permite el milagro del pan y los peces: el artilugio que lo permite es la misma institución legal de la propiedad intelectual. ¿Cómo puedo estar tan seguro? Porque también se convoca la propiedad intelectual en los mercados de mercancías físicas, ya sea un libro o una aspirina y el mecanismo funciona igual: el coste marginal tiende muy deprisa a cero, mientras los precios relativos a ese coste tienden a infinito.

Crucemos la perspectiva de la privatización del conocimiento que sirve para crear los nuevos mercados monopolísticos con la introducción paulatina de los robots y la resultante es cuanto menos preocupante. El trabajo necesario para la producción de la oferta tiende a cero, y un mundo sin trabajo es un mundo enemigo del ser humano que encuentra en él no solo medio de vida sino la mejor forma de expresión de su propia naturaleza. Este problema es uno de los que más deben de preocuparnos, pues la marea ya cubre nuestros pies. Más bien llega a nuestras rodillas… ¿Qué será del hombre si el trabajo? ¿Cómo subsistirá?

Por otra parte me pregunto, si quieren vender algo, ¿no se olvidan de la demanda? ¿Quién consumirá? ¿Quieren que el mercado funcione solo con la parte de la oferta? ¿Su propuesta es que la demanda sea constituida por un reducido batallón de ricos supervivientes en un mundo rodeado de miseria y caos?

Son muchos los indicadores de que la sociedad capitalista se desquebraja, rota por el mismísimo gran capital que en la búsqueda de ventajas particulares acaba con su propio sistema. Estas paradojas en realidad no lo son, son las contradicciones propias que se dan entre la tesis, el capitalismo industrial, y su antítesis, que no es el socialismo, sino el anarcocapitalismo cognitivo. Es el resultado natural de la dialéctica materialista sobre la que navega la historia del hombre.

Mientras que el capitalismo se autodestruye la sociedad soporta nuevos atentados en forma de esas “mayores ventajas” de las que hablo. Quiero brevemente, y para terminar, traer dos ejemplos de lo que hablo que nos sirvan, al menos, como indicio de veracidad: El día 11 de noviembre de 2016 ACS cobró, adelantado por los bancos, parte de la indemnización pagada por el Estado al decidirse la “hibernación” (habida cuenta los más de quinientos terremotos sufridos por la inyección de gas dentro de la roca) del almacén de gas creado en la corteza terrestre por el grupo ACS. Fue el Estado vía Decreto de Ley que se ofreció como garante para la inversión de Florentino Pérez. Es difícil asumirlo: se trata de una concesión pero no con garantía del concesionario en prevención de males causados por su propia negligencia, sino con la garantía del Estado y no por los males causados a terceros, sino al mismo empresario en caso de fracaso. Se calcula que los ciudadanos pagaremos más de 4.700 millones a ACS en los próximos 30 años. El robo de dimensiones geológicas está respaldado, como digo, por un Decreto de Ley. La crudeza del caso es abrumadora, expresión paradigmática del nuevo orden: el Estado no sirve a los ciudadanos, sino que sirve al capital ACS, nacionalizando los riesgos derivados de su actividad empresarial. Esas cantidades enormes las pagaremos entre todos.

El segundo ejemplo del avance imparable de la “mayores ventajas” lo tenemos en las ISDS, por sus siglas en inglés, Investor-to-State Dispute Settlement, pertenecientes al Acuerdo TTIP, (Transatlantic Trade and Investment Partnership) que EE.UU. intenta imponer a la Unión Europea: las multinacionales podrán demandar y exigir indemnizaciones a los propios Estados si se les ocurre legislar en contra de los intereses económicos de las mismas. Y no se trata de una broma de mal gusto. Veámoslo por pasiva: las empresas no deberá indemnizar a los afectados por su actividad económica si se diera el caso, sino que serán los ciudadanos los que pagarán a las empresas por legislar en protección de sus propios hijos, de sus propias vidas. ¿No quieren ustedes cereales transgénicos? ¿Prohíben su venta por Ley? No hay problema: páguenme los beneficios que tenía proyectado ganar vendiéndoles transgénicos o habrá consecuencias.

El acuerdo no ha sido aprobado por ahora, pero todo indica que tan solo es cuestión de que los partidos de izquierda vayan siendo laminados para que el Arco Parlamentario Europeo claudique. ¿Ahora entendemos por qué se mantenía en secreto el contenido del Acuerdo? Deseaban que se firmara de espaldas a los Pueblos Europeos porque guarda intenciones inconfesables, como advertía al comienzo. Estas intenciones marchan directamente contra los derechos fundamentales emitidos por el liberalismo. Marchan contra los Derechos Humanos que son la mejor expresión del Humanismo Renacentista y la Ilustración Liberal.

¿Estos poderes son, por consecuencia, liberales?

Tenemos que contestar rotundamente que no. Los a-narcos no son liberales porque desprecian el humanismo del que brota, nada significa el hombre para ellos. Tampoco son anarquistas porque aman las normas que les enriquecen. Son, más bien, fascistas y son los enemigos actuales de la Humanidad.

(*) Carlos Raya de Blas, empresario, sociólogo especializado en propiedad intelectual y en Islamismo

 

 

Acerca de Contraposición

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