SIN TETAS NO HAY PARAÍSO… Antonio Campos Romay (*)

Tal cosa se nos decía en los títulos de crédito de una serie televisiva que alcanzó no poco predicado en su época. También hay quien con fe ciega cree que sin primarias no hay democracia. Parece que ambos casos son excesivos. Ni los senos, sin dudar de su carga erótica, artística y biológica, son definitivos ni muchísimo menos en la calificación de conjunto de una dama, ni las primarias santifican per se una democracia.

El origen de las primarias, cabe atribuirlo a la campaña para la elección del Presidente Theodore Roosevelt a principios del siglo XX y al movimiento progresista que le respaldaba. Una experiencia que fue asumida de inmediato por los Partidos Demócrata y Republicano. Aunque en Europa no caló demasiado (Francia, España e Italia entre algún otro país están en ello). En  Latinoamérica son numerosas las Repúblicas que las han adoptado, e incluso las  contemplan en sus leyes electorales.

Uno de los efectos substantivos de las primarias es auspiciar tanto la selección de los que a priori se entienden más adecuados y honestos, como hacer pivotar sobre la militancia de las organizaciones políticas la selección de los nominados. Y con ello, sustraer las decisión al dirigismo y arbitrariedad de las cúpulas dirigentes (popularizadas como “aparato”) .

Las elecciones primarias no se desarrollan bajo un solo modelo. Hay muchas variantes en orden a los votantes con derecho a elegir, el sistema de votación utilizado, e incluso también en cuanto a que puestos políticos deben dirimirse en ellas.  Y en algunos casos se contempla también la participación de simpatizantes de las formaciones políticas, previamente inscriptos como tales.

La punta de lanza de este modelo en España, pensado para avanzar en la ecuación “representado/representante” y darle mayor entidad al acto de subrogar en otra u otro la gestión de los intereses del común, fue puesta en escena por el PSOE, no sin ciertos desasosiegos en tanto alteraba profundamente las prácticas habituales del mismo. Y observado con no poco recelo de otras formaciones políticas, muy cómodas en el  sistema al uso.

En cierta forma es un modo de desarrollo a lo previsto en el Titulo Preliminar de la Constitución de 1978, en su articulo 6 :  “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”.

Reconocer que nuestra Ley Electoral ampara un fuerte déficit en la traslación de la voluntad popular a la realidad final, y que limita severamente la capacidad selectiva del ciudadano, es simplemente describir una realidad. Sin ser la gran panacea que autentifique definitivamente la decisión  ciudadana, si es un gran paso adelante en ese camino. Algo que no debe quedarse ahí,y que atañe directamente a una reforma profunda de la Ley Electoral. Por ello parecen como mínimo curiosas algunas reacciones con acritud, que las cuestionan y las hacen depositarias del caos y el desorden. Pareciera que aletease un criterio antañón, propio  de un régimen político distinto, donde al ciudadano/a se le consideraba menor de edad en según que aspectos y fuere menester una tutela permanente desde las sesudas instancias, en el caso que nos ocupa, las cúpulas partidarias.

Alarman a algunos cierta tensión latente en el ámbito socialista o socialdemócrata, a la sazón inmerso en tales menesteres. Quizás desconocen o lo obvian, las que se producen en EEUU con las primarias. O en algunos otros países más cercanos donde se llega a pedir el voto para otra formación distinta relegando al candidato propio.  En todos los procesos internos, los comportamientos edificantes son bastante raros. Y cada uno en su razón, se considera portador de las mejores esencias. Lo que sumado a la genética caudillista que nos es tan propia, contribuye a enrarecer más el ambiente.

Tras un proceso de primarias, aceptando como inherentes al mismo salidas de tono, que si son siempre inaceptables, en estas circunstancias debieran medirse más si cabe, debe imperar la lealtad global a un proyecto y a la organización que es instrumento del mismo. Y a la mujer u hombre que con su equipo hayan de pilotarlo. Evitando vendettas que solo conducen a hemorragias empobrecedoras, o resistencias numantinas encaminadas a entorpecer la gestión. Entender que tras cierta licencia de la disciplina convivencial, debe imperar la unidad, identificando al adversario ideológico, que no es exactamente la compañera o compañero de siglas. Algo que en la política anglosajona suele tenerse meridianamente claro.

Quizás aunque pueda ser doloroso reseñarlo, la anomalía no la representa el sistema. La anomalía reside en la cultura democrática, de la que tras cuatro décadas andamos algo bisoños, y a las actitudes patrimonialistas de aquellos que por mor de la historia se consideran albaceas plenipotenciarios.

En este caso, el PSOE, que a lo largo de su casi siglo y medio de existencia se manejó con una alta capacidad critica. Excusada es la referencia por vía de ejemplo a los rifirrafes entre “prietistas” y “caballeristas” en los años 20 y treinta del pasado siglo. Lo que en cierta medida fue su cruz, pero también su cara. Su amor a la libertad de expresión interna. Al debate. Lo que acertadamente compendió durante la Transición como eslogan: “Socialismo es Libertad”.

Más allá de inquietudes temporales o de intereses concretos, es justamente lo que está practicando.

(*)Antonio Campos Romay, ex diputado del Parlamento de Galicia

 

 

Acerca de Contraposición

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