IMPREVISIBLE VENEZUELA.-Antonio Campos Romay (*)

Venezuela, cita obligada de una parte importante de la emigración española, especialmente canaria y gallega en los años 50 del pasado siglo, era un lugar de sueños no siempre de dulce despertar, donde pareciera que lo único a administrar fuera la abundancia. A lo que no era ajena una  realidad, a la vez es parte de su drama: ser un  país con una de las  mayores reservas de petróleo del planeta. Un  país cuya despensa intelectual  alcanzó a tener  una granada elite de saber, que como otras necesidades y urgencias actuales esta dolorosamente vacía.

Arturo Uslar Pietri, abogado, escritor, y político, considerado como uno de los intelectuales venezolanos más importantes del siglo XX,  con agudeza de visión vaticinaba  “¿Hasta cuándo podrá durar este festín? Hasta que dure el auge de la explotación petrolera. El día en que ella disminuya o decaiga, si continuamos en las condiciones actuales, habrá sonado para Venezuela el momento de una de las más pavorosas catástrofes económicas y sociales”.

El mismo Uslar Pietri  se lamentaba “Creemos que las riquezas son suficientes para generar el verdadero bienestar y nos hemos olvidado de sembrar las semillas del petróleo,  en las escuelas, en las universidades, en la prosperidad espiritual e intelectual de nuestro pueblo.”

La situación actual de Venezuela es a la vez la suma de modelos  desgastados de gobierno y de la  descomposición moral de un pueblo que ha descendiendo por los barrancos de la corrupción y la violencia, de la desigualdad brutal, hasta al desencuentro en la convivencia y a un desplome económico tan atroz,   casi inconcebible en un país  tan rico.

La economía venezolana deteriorada y en creciente endeudamiento tras el “boom” petrolero en los 70, empeoró paulatinamente con las  políticas económicas de los gobiernos derechistas. Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi, fueron incapaces de  frenar  la quiebra del mercado interno. Carentes de políticas de soberanía económica y agroalimentaria, se genera un proceso de empobrecimiento que agudiza de forma acelerada la brecha social. Una economía herida por un comportamiento  en los periodos de bonanza, que promueven el uso de la renta, no a formas productivas, sino fundamentalmente en el consumo de bienes importados.

El “socialdemócrata” Carlos Andrés Pérez vivió en su mandato el “caracazo”. Una ola de sangre que según autores va de 300 a 2500 muertos. Su presidencia es el punto de inflexión que anuncia el derrumbe de las formaciones tradicionales y la crisis de un bipartidismo incapaz de dar respuesta a la crisis que arrastraba el país, Escenario en el que irrumpe Chávez con su fallido golpe estado en 1992, y el mismo Chávez a través de las urnas, posteriormente, genera un escenario distinto al modelo clásico con una notable ventana a la esperanza para los menos favorecidos.

Como siempre que esto sucede en Latinoamérica, la superpotencia norteña enciende sus motores para abortar cualquier actuación que ponga en riesgo la doctrina ultra liberal y su hegemonía en particular. Con diversas   formas de intervención, en la práctica configura un escenario de guerra de baja intensidad que azota  todos los ámbitos  de la vida venezolana. Se  cuestiona el vigor de las libertades individuales, las posibilidades de los opositores para producirse, o el multipartidismo. Se auspicia un escenario cada vez más violento en las   expresiones de la disidencia y sus marchas. Todo ello envuelto en una oleada calculada de medias verdades en  medios de comunicación con gran capacidad de influencia.

 

Una oposición, que al igual que sucede con el gobierno carece de una entidad y solvencia que un momento crítico como el actual requeriría. Ambos en su empate técnico en cuanto a la respuesta ciudadana, tiene también un peligroso empate en demagogia y comportamiento obtuso para dar salida al caos creciente. Maduro y su equipo es manifiestamente mejorable en gestión y liderazgo, mostrándose absolutamente incapaces de entroncar con las premisas de Chávez. La deriva última, y las erráticas actuaciones que las implementan, muestran un deterioro alarmante desde un punto de vista de pulcritud democrática.

Los sectores opositores, anclados en el liberalismo conservador, obsesivamente contrarios al estado como protagonista de valores sociales, limitan su discurso mediático al formalismo de las libertades (en lo que cabe acuerdo) pero con una retórica simplista, de consignas, emanada desde la versión neoliberal más ortodoxa. Ni de lejos ejerce una autocrítica de la corrupción  del sistema que protagonizaron sus antecesores, ni propósito de enmienda. Mucho menos define una voluntad más allá del revanchismo, de desarrollar políticas encaminadas a una política de redistribución para paliar la crisis del país y la brecha social. Ignora de forma suicida que el petróleo, base de sustento de la economía tal como se entiende hoy, está sometido a una volatilidad en el mercado internacional que va a condicionar los vaivenes políticos del país. Ante los cambios que se perciben en el mercado energético, en el que cada vez parece menos posible se dispare el precio de los crudos, la oposición al igual que los actuales dirigentes parecen más interesados en optar por la gestualidad y las formas, ignorando el fondo.

El obsceno manejo de un panorama dramático como el venezolano, con lecturas paranoicas y procaces de una realidad, esconde la parte nada ingenua, de  la mordaza impuesta por los mecanismos de dominación internacional. La dictadura, esta sí, de la dominación en pocas y concretas manos del control de mercados y  recursos naturales monopolizados  y parasitados a través de corporaciones presuntamente servidoras de una supuesta gobernanza global. Y no es menos cínico observar el entusiasmo hipócrita, el cinismo de los que hacen bandera de algo tan noble e irrenunciable como los Derechos Humanos, al referirse a este país, mientras enmudecen ante su pisoteo en Arabia Saudí, Marruecos, México, Colombia o China…

Un maniqueísmo que no es nuevo. Tanto en las manipulaciones como en las omisiones. Y todo sin obviar que la limitada y agotada capacidad política del Sr. Maduro, da muchas facilidades a ello.

Venezuela como muchos otros países hoy, necesita un ejercicio de solidaridad, de políticas serias, honestas. Erradicar la demagogia y el populismo como arma, algo que tanto entusiasma a oposición y gobierno y abordar el camino complejo y difícil de las soluciones  Combatir la inseguridad personal y jurídica que es muestra de un frágil estado de derecho y ordenar las normas que regulan la vida social y económica. No es tanto establecer una democracia formal, o al amparo de ella enmascarar comportamientos autoritarios. Es ser y actuar como demócratas.

Por ello, para Venezuela, al igual que para muchos otros países, el reto es muy complejo y de más que imprevisible pronóstico.

(*)Antonio Campos Romay, ex diputado del Parlamento de Galicia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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