Adiós Sr. Presidente…y muchas gracias- Antonio Campos Romay

adiosuarezADIÓS Sr. PRESIDENTE… Y MUCHAS GRACIAS 

“Que error, que gran error”, es lo que se permitió pontificar con ínfulas de historiador y con una incontinencia que le es propia ante el nombramiento del Sr. Suarez, un tal Ricardo de la Cierva, (Ciervo del Pardo quizás le fuese más propio por sus inclinaciones no tanto cinegéticas como franquistas). Se despachó con tanta precipitación como urgencia tuvo en mover las posaderas para en su momento ocupar el asiento que en el Consejo de Ministros le ofreció “el Gran Error”.

Eran tiempos de horizontes tétricos. Allí estaba el Sr. Arias Navarro como presidente, individuo al que no le temblaba la mano al reprimir sangrientamente en la posguerra a los malagueños, pero los lagrimones le brotaban cual plañidera de oficio cuando el Centinela de Occidente, por causas naturales dejo la garita abandonada.

De D. Adolfo poco más se trasmitía que su aspecto seductor y simpatía y una  imagen que costaba imaginarla enfundada en una de esas camisas azules de tan siniestra memoria para gran parte de la ciudadanía y a cuyo amparo había hecho fortuna. En cierta medida se le asoció a una rápida caducidad que también se le atribuía con ingenuidad notoria al jefe del estado heredero del fenecido caudillo, y que se calificaba en ciertos ambientes como “Juan Carlos el Breve”.  

Hubo de sortear desde el primer día, recelos, críticas feroces y trato despectivo de muchos, que por cierto, que solo gracias a él y a su generosidad fueron algo. Suárez, salido desde la secretaria general del Movimiento hacia la democracia fue un hombre honesto y comprometido. Un político de raza, ambicioso y luchador. Pero con un grave hándicap. La obligación de pagar un doloroso canon de soledad por haber roto moldes. Mal visto por su inquietud democrática entre los inmovilistas y con  recelo entre los que repartían patentes de democracia, a la que algunos  habían llegado hacia diez minutos.  Cuando tras el ninguneo del Borbón y la continuada serie de traiciones internas y el cerco de curas, militares y banqueros dimite, ninguno de aquellos que regaló con poltronas ministeriales o saco del anonimato tuvieron un mínimo atisbo de honorabilidad para agradecerle los hubiera puesto en el firmamento.

El presidente  Suárez  visualizo, a la par que D. Santiago Carrillo, como prioritaria la necesidad de la reconciliación nacional, aun pagando ambos por ello severos costes. La muestra de su gallardía cívica y su compromiso con el tiempo nuevo le hizo afrontar la ojeriza indisimulada del ejército al legalizar al Partido Comunista en un sábado que para los cruzados del franquismo no fue de gloria… La ultraderecha militante y militar en su odio visceral lo tachó de traidor como poco. Y en cierta medida sirvió un argumento más al golpismo latente.

Fue una práctica común durante largo tiempo poner en valor  la solvencia intelectual y la capacidad política de figuras destacadas de la Transición, situando en un plano menor al presidente Suarez. O atribuir desmesurados méritos al jefe del estado en detrimento de su primer ministro. El Sr. Suarez simplemente con su capacidad para el dialogo en orden a coordinar y aunar “a los suyos”, tenía ya el cielo ganado. Seguramente más de una vez habrá pensado en la frase de Romanones…”joder que tropa”… O la que se le atribuye a Napoleón al despedirse de las costas galas desde la amura del barco que le llevaba al exilio de Santa Elena…”Francia Francia que grande serias con algunos traidores menos”….  

Adolfo Suárez salido de la  tenebrosa sala de  máquinas de la dictadura, un hijo del pasado, fue un visionario del futuro. Leal hasta el final con quien no le fue leal y le dejo abandonado…Los suyos eran de si, no de él  y los ajenos comenzaron a reconocerlo  cuando las nieblas espesas que se adueñaron de su cerebro sumieron en olvidó que había sido presidente de un país al que con habilidad y  valentía abrió el camino del futuro. Apostó por  la democracia, la igualdad de todos los ciudadanos y lo dejo plasmado en una de las Constituciones de más larga vida en este país azaroso.

Su palabras en la hora de su dimisión tienen cierta analogía con las de otro presidente en trance dramático, Salvador Allende: “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España. Creo que tengo fuerza moral para pedir que en el futuro no se recurra a la inútil descalificación global, a la visceralidad o el ataque personal. La democracia en España es irreversible.”

Casi como Allende parecería estar a punto de decir “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen… ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.” “Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”

Gracias Presidente. Con sus luces y sus sombras. Con su amable picardía de la gente del común y su bonhomía manifiesta. Por su naturalidad en hacer normal a nivel oficial lo que lo era a nivel de calle. La misma naturalidad con que combinó  su pasado en el morral y su compromiso con el futuro. Gracias Presidente porque su habilidad y pericia en abrir las puertas de la celda en que nos había sumergido aquel general africanista que hizo de  España  un cuartel y  finca privada.

Antonio Campos Romay

Acerca de Contraposición

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