Dos mil pares de Zapatos – Luis J. Novoa (Jim Alegrías)

DSCN0128 - copia (1)DOS MIL PARES DE ZAPATOS

Dicen que dos mil son los pares de zapatos que llegó a acumular aquella Primera Dama filipina llamada Imelda Marcos, mientras su pueblo pasaba todo tipo de carencias y privaciones.

No creo que ese trasunto actualizado de la consorte filipina, adicta a los espejismos anestesiantes del lujo, que es Rita Barberá coleccione en su vestidor tal cantidad de pares de botas, botines y escarpines, pero sus casi 300.000 euros despilfarrados solamente en suntuarios gastos de hoteles de lujo y chóferes para todo de sus escapadas y viajecitos convierten a la valenciana en una digna heredera de la afamada esposa de Ferdinand Marcos.

Por supuesto, es evidente que la Rita del Caloret es solamente la punta de lanza de una generación de ilustres saqueadores de lo público y gozadores de lo privado, encarnados para la ocasión en políticos, empresarios, gestores, conseguidores varios… que hacen suyo aquel lema generacional de aquella otra famosa consorte, en este caso bautizada como María Antonieta, que respondió con “¡Que coman pasteles!” cuando alguien le dijo que el pueblo francés se estaba quedando sin pan y no tenían nada para engañar un poco a ese caprichoso adminículo orgánico-humano, y que no distingue ricos de pobres, que se denomina estómago.

Pero España, no sólo Francia, también es un país de gran tradición pastelera.

¡Que coman pasteles!, decían desde la Gürtel mientras el Papa nos consagraba a todos en sus multimillonarios tours con ese agua bendita de a 10.000 eurazos, a repartir entre unos pocos, el mililitro.

¡Que coman pasteles!, gritaba el ex-ministro Rato antes de gastarse en una sola noche 2000 euros  en alcohol, clubes y masajes con final feliz oriental con su tarjeta negra de plástico bancario.

¡Que coman pasteles!, comentaba ufano un tal Díaz-Ferrán, antes de entrar en el trullo por malversaciones varias, mientras animaba a los súbditos españoles a trabajar más y cobrar menos.

¡Que coman pasteles!, nos decían los socialistas, de postín, de las puertas giratorias y los consejos de administración de los bancos y cajas, ¡quebradas por ellos y rescatadas por todos nosotros!, que hacían sus consejos de fin de semana, a gastos pagos, en Ibiza y cobraban a 1000 euros la hora no trabajada.

¡Que coman pasteles!, ¡que coman pasteles!, ¡que coman pasteles!…

Posteriormente, supongo que para combatir tanto empacho de azúcar y crema pastelera, pues los mismos de siempre nos pidieron austeridad y sacrificios y ajuste de cinturón al resto. Con los mismos de siempre me refiero a los de la casta de las tarjetas black, a los políticos de los sobresueldos, las asesorías en barra de bar por 5000 euros o las comisiones del 3%; me refiero a los que han sacado de España 125.000 millones de euros (20.000 de ellos solamente en cuentas opacas en Suiza), a los que han aprobado leyes para amnistiarse fiscalmente a sí mismo, a los que han recortado obscenamente en sanidad y educación para convertir estos sectores estratégicos públicos en negocios familiares rentables para sus hijos y amigos de clase y (falta) de conciencia; me estoy refiriendo a los que liquidan empresas y la dignidad de las personas sin arrugarse el cuello de la camisa, a los de los hoteles a 900 euros la noche con dinero público… en definitiva, los del desmantelamiento de lo público y el despilfarro de lo privado.

¡Qué hermoso es el tiempo de la austeridad como principio doctrinal para ser inculcado en los demás! ¡Qué pedagógica la prédica de la sobriedad y el sacrificio como virtud impuesta al pueblo llano que fortalece, capitaliza y acelera el desarrollo de nuestra gran clase dominante!

Todo pecador sabe perfectamente que el evangelio de la austeridad cobra una nueva dimensión sacramental, esa dialéctica enrevesada entre pecado y redención, cuando uno se da cuenta de que son precisamente aquéllos, los encargados de evangelizarnos, los primeros en incumplir el  incorruptible arsenal ético y moral que nos tratan de trasplantar.

Quizás llegue el día en el que los millones de parados, los trabajadores precarios, los enfermos privatizados, los educandos convertidos en clientes, los desahuciados, la gente sin horizontes de futuro, los inmigrantes sin papeles, los parias económicos y labores expulsados de este brutal diseño neoliberal económico y social, etcétera… se den cuenta, mirando sus neveras y armarios vacíos, de que allí ya no quedan bandejas de pasteles ni pares de zapatos que ponerse.

Hasta entonces, bendito sea el caos y la desobediencia, porque todavía son síntomas de libertad.

marcos4 (1)

Acerca de Contraposición

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