La socialdemocracia ha muerto – Iñaki Martínez

lamentable-malentendido_EDICRT20150705_0001_13La socialdemocracia ha muerto:

El tercer rescate de Grecia supone un hito histórico trascendente que pone de manifiesto la obsolescencia de la vía socialdemócrata, el pacto entre el poder económico y el movimiento obrero por la que el primero entregaba beneficios sociales y ciertos niveles de bienestar a la clase trabajadora a cambio de paz social.

Syriza planteó una solución a la ruina griega de línea socialdemócrata, proponía a los poderes financieros un pacto en el que ambas partes, la sociedad griega y la oligarquía económica, cedieran algo para lograr la paz social, un planteamiento puramente socialdemócrata, nunca fue un planteamiento revolucionario ni antisistema, como insistían los medios de comunicación corporativos. El gobierno griego puso toda la carne en el asador: amplias movilizaciones sociales e incluso un referéndum en el que se manifestó la voluntad inequívoca del pueblo griego. Nada de eso funcionó, el poder financiero aplicó su programa y defendió sus intereses no solo inflexiblemente si no incluso punitivamente. Las instituciones europeas han enterrado la opción socialdemócrata, la han hecho inaplicable.

Se puede decir que Syriza jugó de farol, pedía que el stablishment flexibilizara sus medidas económicas sobre el pueblo griego en aras a un principio humanitario, empático y de respeto a los principios de la democracia social. Realmente todas las medidas que adoptó Syriza eran de persuasión y presión moral, en otros tiempos eso bastaba. Ya no. Se ha puesto de manifiesto que Syriza no tenía plan B ¿Y si el poder financiero protegido por las instituciones europeas no se conmueve? No había nada previsto, el marco del orden económico establecido nunca se cuestionó, solo se apelaba a su benevolencia. No contando con un plan B, con una propuesta de organización económica alternativa, que esté dispuesta a aplicar ya, la izquierda está desarmada y no le queda más herramienta que la inútil condena moral.

Grecia votó, Grecia plantó cara de manera emocionante y Grecia fue sometida. Se repite lo ocurrido con la victoria de Margaret Thatcher frente a los mineros en huelga pero a una escala mayor en la que el derrotado es un estado entero, condenado a un infierno de desesperanza, porque lo cierto es que Grecia no puede pagar la deuda generada y que las medidas aplicadas continuarán deteriorando su capacidad de generar riqueza. Un castigo inútil en lo económico pero ejemplarizante como acción disciplinaria.

Así que la izquierda debe sacar consecuencias. El poder económico ya no quiere hacer concesiones ni lo necesita, no atiende a motivos de conciencia y se guía por sus propias reglas utilitaristas de eficiencia economicista, de mejora de la cuenta de resultados de los agentes relevantes del mercado. Las manifestaciones, que ya se sabe que no son la antesala de una insurrección, ya no asustan ni motivan, son vistas como una manifestación folclórica sin más relevancia que una procesión de Semana Santa o un partido de futbol, cuya resonancia social de pierde en el ruido que genera nuestra sociedad del espectáculo. Las posturas de desafío cívico, de dignidad moral, las invocaciones retóricas y simbólicas a la lucha, el fetiche de la protesta como acto de petición colectivo frente a un poder que en el fondo no se cuestiona (como hace un adolescente frente a sus padres), son ignoradas porque no van respaldadas por consecuencias reales en caso de no ser atendidas más allá de las miradas y palabras reprobatorias y los sermones.

La izquierda y fuerzas progresistas tienes dos alternativas, o diluirse y reconvertirse en una imitación del Partido Demócrata de los Estados Unidos, o diseñar alternativas de política económica que esté dispuesta a aplicar cuando reciba un “no”, lo que implica estar dispuesto no solo a pactar con el poder económico de facto si no, desde el legítimo poder político, estar dispuesto a tomar el poder económico y ejercerlo.

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