SAN VALENTÍN, galante y mercantil.- Antonio Campos Romay*

El mediático San Valentín, abundante en iconografía con rosas, bombones o diablillos traviesos arco en mano, obedece a antecedentes diversos a lo largo de la historia… Se habla de un sacerdote algo díscolo, que pasándose por el arco del triunfo la prohibición de D. Claudio II, a la sazón emperador de los romanos allá por el 270, (cuando estos ya apenas eran lo que habían sido), casaba en secreto a jovenzuelos ardorosos, lo que a criterio del augusto, limitaba por el desmesurado ejercicio de la coyunda, sus aptitudes como soldados. El desobediente pagó su osadía en el cadalso, pues el poder, de siempre es celoso de su ejercicio. Antes de partir al encuentro de su Salvador, tuvo el detalle de devolver la vista a la hija de uno de sus carceleros, lo que si no le condonó la pena, si le valió la santificación… Y seguramente la ojeriza de los oftalmólogos de la época por su intrusismo.

Hay otra interpretación que hoy colisionaría frontalmente con la legislación en materia de violencia de género. “La Lupercalia”. Los viejos romanos y sus excéntricas costumbres entendían como fiesta del amor, el ceremonial de golpear a las damas con látigos de piel de cabras empapados en la sangre de las mismas, en un ritual encaminado a favorecer la fertilidad… Ni las mujeres golpeadas, ni los animales despojados de su piel, ni en general nadie en su sano juicio, valoraría tal comportamiento propio de un cortejo amoroso o un oportuno estimulo de la lívido. Se celebraban en fecha equivalente en el calendario gregoriano, al 15 de febrero.

Por lo que pudiera ser, con la perspicacia que siempre hizo gala la Santa Madre Iglesia, y para no perder comba en el tema, el Papa Gelasio I da la pincelada religiosa a este negocio del corazón estableciendo en el año 496 un día para honrar a santo tan galante. La fecha, que no el fondo, varia de unos países a otros, y como no podía ser menos, los chinos tan adelantados en tantos temas, tenían fijado el “Qi Qiao Jie” como “día para mostrar las habilidades” (eróticas cabe suponer) y que celebraban el séptimo día del séptimo mes del calendario lunar.

Geoffrey Chaucer, autor de “Los Cuentos de Canterbury” y uno de los padres de la literatura inglesa, asoció esta festividad con el amor en “El Parlamento de la aves”, “Para esto era el día de San Valentín, /Cuando cada ave viene allí a tomar su pareja,/De cada especie que los hombres conocen, digo,/Y entonces hicieron una multitud tan grande,/Que la tierra y el mar, y el árbol, y cada lago/Estaban tan llenos, que apenas había espacio/Para que me parara, tan lleno era todo el lugar”…

Dando un salto en el tiempo a principios del siglo XIX, Doña Esther Howland, avispada dama oriunda de Massachusetts inició la popularización de las primeras tarjetas de San Valentín, las “valentinas”. Advirtiendo la buena acogida y la importancia del negocio que surgía no dudó en montar la “New England Valentine Company'”. Un senda que seguirían entusiastas otros negociantes desde entonces hasta la actualidad, incluidos algunos grande almacenes patrios…

Honoré de Balzac indica que, “la pasión es la humanidad universal” Por eso el día de los apasionados, de los enamorados, nunca dejará de ser pingüe negocio para quienes lo comercializan, pues sin pasión, lo cotidiano, la fe y las creencias religiones, el relato de la historia, el arte o la propia vida serian eriales inhóspitos.

Fertilidad y amor, galantería y fuego amoroso parecen haber impregnado desde siempre esta cita tan glamurosa como consumista. Y que en que cierta medida, en sociedades que se suicidan de envejecimiento, puede ser un balón de oxígeno para los demógrafos que andan un tanto azarados por la poca productividad del amor, dando un empujón a su práctica. Incluso urólogos y dermatólogos no estarán insatisfechos de algunos efectos secundarios de la fecha, pues no siempre es oro todo lo que reluce.

Como un efecto más de la globalización su presencia hoy cabría calificarla casi de invasiva, cabalgando a lomos de las nuevas tecnologías o escenificada en llamativos anuncios y rutilantes escaparates… No hay pareja del tipo que sea, que no estime poner en valor sus sentimientos sumándose de grado o doblegándose resignada a la presión mediática y emotiva de la fecha.

Por los demás, dado que no andamos tan sobrados de ilusiones y ensoñaciones, cabe aceptarla con naturalidad, deseando que la efeméride dé pie a un muy fogoso y feliz  valentinato…

Gócenla quienes tienen la fortuna de agasajar el amor y háganlo sin mesura…Que de mesurados y cenizos sesudos, pacatos aciagos y predicadores de puritanismos cutres, de cínicos demagogos…sobrados vamos.

*Antonio Campos Romay ha sido diputado en el Parlamento gallego

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