LA EUTANASIA, A DEBATE.-Juan José Tamayo*

La muerte impone respeto, más aún, miedo y pavor. No es para menos, ya que, como afirma el filósofo de la esperanza Ernst Bloch, es la más fuerte y trágica antiutopía, la mayor certeza, la manifestación privilegiada de la nada, la mayor desilusión, la aniquilación de toda dicha y la disolución de la comunidad. “Las mandíbulas de la muerte aniquilan todo”, concluye. A su vez, la regulación sobre la muerte plantea problemas de todo tipo.

Unos son de carácter religioso: Dios es el señor de la vida y de la muerte, la da y la quita cuando quiere y el ser humano no tiene derecho a disponer de ella. Otros, de carácter moral: la eutanasia constituye el mayor atentado contra la vida de los seres humanos. Otros son jurídicos: la vida es el bien más preciado a proteger.

La eutanasia se ha convertido también en un problema político y en un tema incómodo para el poder legislativo que con frecuencia se ve amordazado por concepciones religiosas, que dificultan su regulación o la restringen, incluso en sociedades secularizadas y Estados no confesionales, cLas razones contrarias a la eutanasia se desvanecen al constatar que pensadores creyentes e intelectuales no creyentes coinciden en el derecho a la misma y recurren a razones religiosas, morales y de conciencia para defenderla. Veamos tres ejemplos especialmente luminosos. En su bello y esperanzador libro ‘Una muerte feliz’ (Trotta, 2016), el teólogo católico Hans Küng expresa su deseo de morir consciente y despedirse digna y humanamente de sus seres queridos, morir sin nostalgia, ni dolor por la despedida, con completa conformidad, profunda satisfacción y paz interior. Y se pregunta: “Todos tenemos una responsabilidad sobre nuestra vida. ¿Por qué vamos a renunciar a ella en la etapa final?”.

El escritor agnóstico Juan Goytisolo firmó en el 2014, a los 83 años, una declaración en la que apelaba a razones éticas de índole personal para justificar su decisión de recurrir a la eutanasia y no prolongar inútilmente sus días, y expresaba su deseo de despedirse de la vida con dignidad. La eutanasia, afirmaba, es “la opción más justa conforme a mi conciencia y respeto a la vida de los demás”. Otra razón era que le parecía indecente malgastar sus limitados recursos en tratamientos médicos costosos en vez de destinarlos a completar los estudios de tres muchachos cuya educación había asumido.

En su libro ‘La eutanasia, una opción cristiana’ (Editorial GEU, 2010), Antonio Monclús, catedrático de pedagogía de la Universidad Complutense de Madrid, fallecido en el 2016, defiende la eutanasia apoyándose en tres argumentos. El primero es la apelación a la conciencia como el espacio más insobornable del ser humano y la base de una ética personalista. El segundo es la consideración de la eutanasia como una opción cristiana, que demuestra con numerosos ejemplos de la historia de la Iglesia y con sólidos argumentos teológicos. La tercera, que el cristianismo no es una religión dolorista, que se regodee en el sufrimiento, como se deduce se las propias palabras de Jesús: “Misericordia quiero, no sacrificios”.

En consecuencia, creo que no hay razones religiosas, éticas o jurídicas para oponerse a la proposición de ley del PSOE sobre eutanasia.omo son la mayoría de los países europeos.

*Juan José Tamayo es director de la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría, de la Universidad Carlos III de Madrid.

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