Contemplar entrar en la carcel a alguien no es motivo de especial satisfacción. Es simplemente constatar que una sociedad enferma necesita terapia en la persona de uno de sus actores. Lo que si indigna de forma especial, es que quien entra sea un individuo con alto nivel académico, que alcanzó reconocimiento en momentos de su periplo vital por parte de muchos compatriotas, gozó siempre de una posición acomodada y a quien la ciudadanía retribuyó su trabajo con altísima generosidad.
Un individuo que teniendo como estipendio varios cientos de veces el salario mínimo con el que se asfixia al trabajador por cuenta ajena, y teniéndolo con cargo a los presupuestos, nutridos en su mayor parte con el sacrificio y sudor de los que menos tienen, sea un vulgar ladron, un fullero, una rata codiciosa con desenfrenada afición por el dinero ajeno.




