La relación entre Cataluña y España es una historia compleja, marcada por los recelos de ambas partes. Es una relación en la que la comunicación ha sido de siempre más que deficiente, en una coexistencia salpicada de severos desencuentros no ajenos a una visceralidad fuera de lugar. Y que hoy, apunta cada vez más hacia una polarización en dos bloques impulsados por dos formas de populismo, ambos muy nocivos para la convivencia armónica.
España, esa España que se apropian los que la hacen minúscula de ideas y de visión raquítica tuvo de siempre un gran problema para incorporar todas sus culturas e identidades. Su sustrato de nacionalismo español, tridentino en lo confesional, centralista en lo administrativo y receloso siempre ante la modernidad y el progreso, apenas en su miopía, mira más allá de su ombligo considerando lo demás, provinciano y pueblerino.



