España es un país rico en historia, con un brillante siglo de oro de sus letras, suculento en jaculatorias tridentinas, las más de las ocasiones pobre como las ratas y casi siempre escaso de cohesión social. Bordeando con frecuencia desastres históricos cuya razón no está muy lejos de su escasa entidad cívica y política. Arrastra una quiebra demográfica a la que no es ajena la raquítica capacidad de oferta de estabilidad a los segmentos de población en edad fértil o por la salida al exterior en busca de oportunidades de miembros de ese mismo colectivo social. Algo no nuevo, que tiene antecedentes en los siglos XV, XVI y XVII especialmente por la desertización derivada de la más que dudosa, en orden a sus frutos, “epopeya americana” y las sangrías interminables de las guerras religioso-imperiales en Europa a las que nos arrastraba la dinastía de los Austrias, en las que nuestro interés como país sería bastante difícil de situar. Seguir leyendo


