La situación derivada del contagio por ébola muestra carencias, ineficiencias y falta de liderazgo.
Los principales hechos negativos no se sitúan en el terreno sanitario, sino en las respuestas de los gobiernos y la economía.
Durante más de un lustro ejercí como técnico superior de prevención de riesgos laborales, coordinador en la elaboración de planes de emergencia y responsable de las respuestas técnicas y de ingeniería, a dar a los problemas que detectaban el análisis previo, los ensayos y simulacros programados y, por último, la praxis diaria, así como los imprevistos que inevitablemente surgían, a pesar de todos los esfuerzos y medios puestos sobre la mesa, por la empresa en que prestaba mis servicios profesionales. Esa experiencia me permite aproximarme al confuso panorama que una cadena de decisiones, y quizá más aún la ausencia de otras, nos está abocando.
Como es sabido, incluso a través de cursillos elementales, la evaluación de los niveles de los riesgos se valora con dos entradas, una la posibilidad de que algo suceda (baja, media, alta, muy alta) y dos, las posibles consecuencias (leves, importantes, graves, muy graves), la respuesta se gradúa en base a esa evaluación, llegando a paralizar las actividades que alcanzan un cierto nivel, hasta que se corrijan o aminoren las circunstancias. Parece muy evidente que las autoridades con competencias en el tema no realizaron una evaluación, específica para España, limitándose, en el mejor de los casos (también surgen dudas al respecto) a recoger lo que la OMS ha publicado, lo que también exigiría una adecuada “traducción” a las circunstancias concretas. Seguir leyendo





