En aquel tiempo de una virulencia mortífera…
Todos los días eran una lánguida epopeya, todas las noches eran una eterna vigilia… y siempre se nos olvidaba rezar a los pies de la cama. Teníamos una sola tarea y un único sueño: sobrevivir.
Ser anciano era sinónimo de sabiduría… y de vulnerabilidad, y durante muchos días y noches, murieron… muchos sabios vulnerables. Los cementerios de muertos estaban vacíos de vivos y los cementerios de vivos estaban llenos… de muertos. Los jóvenes teníamos dos salvoconductos, uno para seguir vivos y otro para ver morir a nuestros mayores. Éramos los huérfanos de la Resistencia.


