Leyendo la prensa y sus suplementos, ya no digamos en el ciberespacio, descubrimos nuevos, o al menos nuevas grafías, de términos usuales. Haciendo caso al “genio del idioma” y tratando de respetar la forma empleada por los hablantes, la Real Academia Española ha ido admitiendo en su diccionario (el DRAE) algunas variantes que nos sorprenden. Entendiendo su lema «Limpia, fija y da esplendor» en un sentido poco autoritario, ha ido recogiendo formas sintácticas que habrían horrorizado a los maestros del pasado siglo. Quim Monzó, en su artículo Sin pe (Magazine 30/agosto/2015), se mostraba partidario de escribir setiembre, como ya admite el DRAE. Aunque no se pronunciaba sobre la admitida versión otubre, al igual que otras también incluidas como crocodilo, murciégalo, vagamundo y almóndiga.
Incluso más sorprendentes son las acepciones asignadas por el DRAE a los términos curiosidad y asombro. Que curiosidad sea «deseo de saber o averiguar alguien lo que no le concierne; vicio que lleva a alguien a inquirir lo que no debiera importarle» es como mínimo un exceso de adjetivación y un atentado a la cualidad tan necesaria para el aprendizaje y el desarrollo científico. Y se completa con la primera acepción de asombro, «susto, espanto», que pasa de reacción positiva ante un descubrimiento, a ser algo peligroso. Un mal camino lingüístico, al que se añaden los populacheros debates que generan las preguntas de examen de selectividad sobre términos técnicos como catáfora o polisíndeton. Reconociendo la difícil tarea de realizar un diccionario, el DRAE conserva aún lemas y acepciones (por ejemplo, quebrado de quebrado) que deberían haber desaparecido, aunque su mantenimiento se justifique para poder entender textos antiguos. Seguir leyendo




