María tenía siete años… cuando sus infantiles ojos se iluminaron con los de él. Aquel niño tenía la cara igual que los ángeles de las estampitas de su abuela. Tenía el pelo rubio níveo, y tan largo que unos traviesos tirabuzones se deslizaban sobre su frente, y él, elegantemente, los apartaba de sus preciosos ojos azules… Azules como el agua y el cielo de la playa en el mes de Agosto. Aquel ángel era su compañero de pupitre, se llamaba Jesusín… y María, en ese instante, se enamoró de él.
Y… pasaron los días, los cursos escolares… y María empezó a entender que Jesusín, nunca la amaría del mismo modo que lo hacía ella, pero, pese a todo, nunca dejó de quererle, ni de ser su mejor… y única amiga. Jesusín no tenía amigos en el colegio, ni pandilla en la calle. No le gustaba el fútbol, y los niños pensaban que era poco “macho”. Lloraba cuando diseccionaban una rana o aplastaban una mosca contra el cristal de la ventana, y pensaban que era demasiado flojo… Le llamaban “ Florecilla”. Y, María no tenía amigas para siempre, y nunca dibujó un corazón en su carpeta escolar… porque dedicaba todo su tiempo a proteger y mimar … la soledad de Jesusín.
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