Hace unos meses, al hacer unas compras en una conocida cadena de supermercados de sede levantina, me sorprendió que el cajero tenía un acento que indudablemente era de más allá de Pedrafita, del sur de España. La situación se repitió en otros supermercados de la misma cadena ¿Por que motivo esa entidad mercantil trasladaba a los trabajadores tan lejos de sus hogares? Probablemente por la aplicación de la clásica técnica de empresas multinacionales de procurar que el trabajador se sienta única o principalmente vinculado a la empresa, por encima de vínculos familiares, amistosos o de comunidad. El trabajador de moda para las grandes y medianas compañías es un trabajador flexible, adaptable y móvil, flexibilidad laboral que implica un estilo de vida flexible sin vínculos familiares, comunitarios y por supuesto sindicales, con escasos y superficiales vínculos afectivos, al estilo del presidente Feijoo. Un trabajador así es un empleado para el cual la empresa constituye su escenario vital básico y el centro de su vida, un “recurso humano” depurado de necesidades extra-laborales.
Desde otro punto de vista la autora Carolina del Olmo reflexiona en su libro “Donde está mi tribu” sobre como gran parte de las dificultades a las que se enfrentan las madres y padres modernos derivan de la falta de vínculos humanos, de la pérdida de la red de afectos y alianzas que colaboraban de manera directa o indirecta en la crianza de los niños. Son los resultados de una concreta evolución del sistema productivo que entra en conflicto con el sistema reproductivo, otra manifestación de los efectos perversos del empobrecimiento de los vínculos interpersonales. Seguir leyendo





