El anuncio en gallego en el periódico de mayor tirada nacional llamaba la atención y hablaba de “servizo de tardes”. Seguramente así se hacen entender mejor que con el icono verde con la sigla p. m. que, aún en pleno dominio de los relojes digitales, no es demasiado conocida. Esos latines, post merídiem, remiten a que el Sol ha sobrepasado el meridiano del lugar lo cual ya no está en correspondencia local con la hora, que sigue el meridiano de Berlín; aunque la definición del DRAE, “después del mediodía”, se ajusta mejor al sentido vespertino del concepto.
Cuando se anuncia el reemplazo de trabajadores por máquinas y cuando casi todos nos hemos habituado a recoger billetes de un cajero mecánico, está claro que esa nueva propuesta viene forzada por los problemas del negocio bancario. Estaría bien que ello implicase formación de los bancarios en temas profesionales como el IBAN y las características de los billetes, junto con las capacidades tecnológicas que hoy se esperan de quien está obligado a manejar terminales. Una buena referencia de los cambios en las profesiones es echar la vista atrás y recordar que los empleados de banca eran escogidos por su buena letra y sus capacidades de realizar operaciones aritméticas de forma rápida y segura. La introducción de las calculadoras manuales y sobre todo de las electrónicas produjeron vacilaciones sobre la función de cada uno de los puestos. La revolución informática, con la conectividad y el acceso instantáneo a datos e informaciones, modificó de modo sustantivo la forma de trabajar y se osciló hacia modelos menos presenciales. Pero las colas de pensionistas al fin de mes y las correcciones del expansionismo han forzado a volver a modelos más personalizados, de tratar cara a cara con el eventual cliente en amplio horario. Seguir leyendo




