El acceso por medios electrónicos a los diccionarios esta cambiando algo más que el sector editorial. Al posibilitar la consulta en insospechados lugares, constituyen no sólo una herramienta académica sino una fuente inacabable de conocimiento y diversión. Las digresiones sobre el significado de un término o una expresión, los “falsos amigos” en idiomas cercanos, e incluso la pedante confirmación de un dato semántico forman parte de las curiosidades que casi todas las personas tenemos. A los esfuerzos informáticos de la RAE, poniendo a disposición de los interesados su Diccionario, de portales como el Centro Virtual del Instituto Cervantes o él de la Real Academia Gallega y las enciclopedias electrónicas, se suman cada vez más otros dedicados a la enseñanza de idiomas. Eso sí, como en el mundo real, hay que valorar la credibilidad de la fuente y mantener un sano escepticismo en cuestiones susceptibles de debate.
El empleo preciso del lenguaje, el natural y el matemático, junto al correcto uso del razonamiento, son las herramientas que en un mundo conectado universalmente precisa cualquier persona para entender y discriminar la ingente información que recibe de modo continúo. Seguir leyendo





